Manuel Bandeira

A Pasárgada me voy

Me voy me voy a Pasárgada
allá soy del rey amigo
y en la coma que escogí
tendré la mujer que quiera
me voy me voy a Pasárgada

A Pasárgada me voy
Si aquí soy infortunado
allá disfruto aventuras
a tal punto inconcebibles
que doña Juana la Loca
reina y demente fingida
viene a ser casi pariente
de la nuera que no tuve

Practicaré la gimnasia
caminaré en bicicleta
montaré burros monteses
treparé al palo ensebado
¡y me bañaré en el mar!
cuando el cansancio me gane
me acostaré en la ribera
del río y le pediré
a la Madre de las Aguas
que me cuente las historias
que cuando yo era pequeño
solía contarme Rosa
a Pasárgada me voy

Tengo de todo en Pasárgada
es un mundo diferente
donde hay anticonceptivos
infalibles y seguros
teléfonos automáticos
hay drogas a discreción
y bonitas prostitutas
que cautivan a la gente

Y cuando me sienta triste
pero triste sin remedio
tenga a la media noche
deseos de suicidarme
—allá soy del rey amigo—
y en la cama que escogí
tendré la mujer que quiera
me voy me voy a Pasárgada.

No se bailar

Unos toman éter, otros cocaína.
Yo me emborraché con tristeza.
Hoy bebo alegría.
Tengo todos los motivos menos uno
para estar triste.
Pero el cálculo de probabilidades
es una broma.
¡Abajo Amiel!
Yo nunca leeré el diario
de María Bashkirtseff.

Si, he perdido al padre,
madre, hermanos.
Perdí la salud también.
Y por eso me conmueve como a nadie
el ritmo del jazz-band.

Unos toman éter, otros cocaína.
¡Yo bebo alegría!
Por eso vengo a este baile
de Martes de Carnaval.
Mezcla excelente de sabores…
—Esa fue camarera
no, fue sirvienta
y está bailando con un exalcalde municipal.
¡Cuan Brasil!

Este salón de sangres mezcladas
se parece al Brasil…
Hay hasta una incipiente gota amarilla
en la figura de un japonés.
El japonés también baila Maxime:
¡Acungele banzai!

La hija de un industrial de Campos
mira con repugnancia
a la mulata inmoral:
lo que en esta resulta indecente
es simple coquetería en los maravillosos
ojos de la muchacha.
Y ese caer de hombros…
pero ella lo ignora…
¡Cuan Brasil!

De la política nadie se acuerda,
ni de los ocho mil kilómetros de costa
¿El algodón de Seridó es el mejor
del mundo?... ¡Que me importa!
No hay anquilostomiasis, ni malaria,
ni mal de Chagas.
Silba la sirena y repiquetea
el ganzá del jazz.
¡Yo bebo alegría!

Tonada última del callejón

Callejón en que viviera
y que canté en unos versos
llenos de elipsis mentales,
callejón de mis tristezas
y de mis perplejidades
y también de mis amores
(Besos, abrazos, quimeras),
¡Adiós, adiós para siempre!

Demolerán esta casa,
pero no mi viejo cuarto
que ha de mantenerse en pie,
no como forma imperfecta
de este mundo de apariencias:
se alzará en la eternidad,
con sus libros, con sus cuadros,
¡intacto y puro en el aire!

Calle de encendidas zarzas,
de pasiones sin mañana,
cuanta luz mediterránea
no guardaron estas piedras
en su mocedad suntuosa:
¡rocíos de las auroras!
¡pureza de las mañanas!

Callejón de mis tristezas,
no me avergüenzo de ti.

¿Fuiste de mujeres malas?
¡Todas son hijas de Dios!
Antes fuiste la calleja
de un convento carmelita,
luego fuiste de los pobres
cuando, pobre, vine aquí.

Lapa —Lapa del Destierro—,
lapa de los pecadores
(más cuando suenan las seis,
en la voz de las campanas,
como la voz que anunciara
la concepción de María,
¡Que gracias angelicales!)

Nuestra Señora del Carmen
desde su altar solicita
limosna para los pobres,
limosna pide y piedad
para las mujeres tristes,
para las negras mujeres
que de noche se refugian
en los portales del templo.

Calle nacida a la sombra
de conventuales paredes,
calle para mi sagrada,
Como sagrada es la vida
a pesar de tus pecados,
nunca te dejé de amar
y canto para decirte:
adiós, para siempre, adiós!

Muerte absoluta

Morir,
morir en cuerpo y alma.
Totalmente.
Morir sin dejar un triste despojo de carne
ni una exangüe máscara de cera
rodeada de flores que — ¡felices! —.
se pudrirán un día,
y bañada en lágrimas,
más que de la tristeza, nacidas
del espanto de la muerte.

Morir sin dejar por ventura
un alma errante,
¿camino del cielo?
¿Qué cielo podrá colmar
la esperanza de un cielo?

Morir sin dejar un surco,
una piedra, una sombra,
el recuerdo siquiera de una sombra,
en ningún corazón, en ningún pensamiento,
en ninguna epidermis.

Morir tan completamente
que al leer tu nombre un día
se pregunte: “¿Quién fue? ... ”

Morir aún más completamente,
sin dejar siquiera ese nombre.

Manuel Bandeira [Recife, 1886- 1968], su poesía destaca por su lenguaje sencillo; una reflexión sobre la vida, el amor y la enfermedad. Con lirismo, ironía y modernidad, convierte experiencias cotidianas en viñetas de gran perfección.