Hilda Hilst

Me dan pena

Las mujeres que ríen con los brazos
y lloran de mentira para los hombres.
Y muestran los senos antes de que se lo pidan
y mueren de placer… con los ojos cerrados.
Me da pena
el poeta hecho sólo para ser padre… y ser poeta.
Y de aquellos que duermen sobre el papel
a la espera del vocablo
y de los que hacen hijos al azar
y de los locos y del perro que pasa
y de mí… que espero la muerte
en la confusión y el miedo.

[José Ioskyn]


De la noche

Vi las yeguas de la noche galopando entre viñas
y buscando mis sueños. Eran soberbias, altas.
Algunas tenían manchas azules
y el lomo relucía igual que la noche
y las mañanas morían
bajo sus patas encarnadas.
Las vi sorbiendo las uvas que colgaban
y sus belfos eran negros y mojados.
Unísonas, resollaban.
Vi las yeguas de la noche entre los escombros
del paisaje que fui. Vi sombras, belfos y trampas.
Lazos de piedra y paja entre las alfombras
y, hondo, un pozo tragando mi nombre y mi retrato.
Las vi tumultuosas. Intensas.
Y en una de ellas, insomne, me vi.

[José Ioskyn]


Siento hastío por los hijos que van a nacer

Siento hastío
por los hijos que van a nacer.
Tendremos que explicarles
tantas cosas.
Un día preguntarán
todo lo que alguna vez pregunté:
Mamá, ¿por qué no puedo
ver a Augusto cuando quiero?
Mamá, estuve leyendo tanto estos días
que estoy a punto de encontrar lo que quería.
La inutilidad de las palabras.
Siento hastío, tanto hastío
por los hijos que van a nacer.
Diez, veinte, treinta años
y estarán buscando alguna cosa.
Nunca se acordarán
de aquellos que murieron
y tanto buscaron.
Les va a costar (¡oh, dioses!)
entender a aquellos
que se suicidaron.
Los hijos que van a nacer
¡Pobres!
Van a pensar que son ellos
los elegidos.
Van a pensar que tú nunca pasaste
por lo que ellos están pasando.
Los hijos que van a nacer…
Insatisfechos.
Incomprendidos.

[José Ioskyn]


Evocaciones para un amigo

I

Si te parezco nocturna e imperfecta
mírame de nuevo. Porque esta noche
me miré como si tú me miraras,
y era como si el agua
deseara que escapara de tu casa
que es un río deslizándome apenas,
sin tocar la orilla.

Te miré. Y hace tanto tiempo
entiendo que soy tierra. Hace tanto tiempo
espero que tu cuerpo de agua tan fraterno
se extienda sobre el mío. Pastor y navegante
mírame de nuevo. Con menos altivez
y más atento.

II

Ámame. Es tiempo todavía. Interrógame.
Y yo te diré que nuestro tiempo es ahora.
Espléndida avidez, vasta ventura.
Porque es más vasto el sueño que confecciona
hace tanto tiempo, su propia textura.
Ámame. Aunque te parezca demasiado intensa.
Demasiado intensa. Y áspera.
Y transitoria si lo repiensas.

III

Si me fuera concedido rehacer el tiempo
haría de mi rostro de parábola
red de miel, oficio de magia.
Y en aquella encantada librería
donde escasos amigos me sonreían
donde a mis ojos eras torre y trigo
Mi todo valiente de Poesía
yo te habría tomado. Fortuna, amigo,
Tan extrema y larga.
Y amante contento el amor habría sido.

IV

No me busques ahí
donde los vivos visitan
a los llamados muertos.
Búscame
dentro de las grandes aguas
en las plazas
en el fuego corazón
entre caballos, perros,
en los arrozales, en el arroyo
o junto a los pájaros
o en el reflejo
de otro alguien,
subiendo un duro camino
Piedra, semilla, sal
pasos de la vida. Búscame ahí.
Viva.

[José Ioskyn]

Hilda Hilst [Jaú, 1930–2004] explora el deseo, la muerte y la trascendencia con intensidad filosófica y erótica. Su lenguaje audaz combina misticismo, ironía e inquietud existencial, desafiando límites entre cuerpo, espíritu y palabra poética contemporánea.