Cecília Meireles

Prisión

En esta ciudad
cuatro mujeres están en la cárcel.
Cuatro solamente.
Una en la celda que da al río,
otra en la celda que da al monte,
otra en la celda que da a la iglesia
y la última en la del cementerio allá abajo.
Cuatro solamente.

Cuarenta mujeres en otra ciudad.
cuarenta, por lo menos,
están en la cárcel.
Diez vueltas hacia las espumas,
diez hacia la movediza luna,
diez hacia piedras sin respuesta.
diez hacia engañosos espejos.
En celdas de aire, de agua,
de vidrio están presas cuarenta mujeres,
cuarenta por lo menos, en aquella ciudad.

Cuatrocientas mujeres,
cuatrocientas, digo, están presas:
cien por odio, cien por amor,
cien por orgullo, cien por desprecio,
en celdas de hierro, en celdas de fuego,
en celdas sin hierro ni fuego, solamente
de dolor y silencio,
cuatrocientas mujeres, en otra ciudad,
cuatrocientas, digo, están presas.

Cuatro mil mujeres, en la cárcel,
y cuatro millones y ya no llevo la cuenta,
en ciudades que no se dicen,
en lugares que nadie sabe,
están presas, lo están para siempre
-sin ventana, sin esperanza,
unas vueltas hacia el presente,
otras hacia el pasado,
y las otras hacia el futuro,
y el resto el resto, sin futuro,
pasado o presente,
presas en la prisión giratoria,
presas en el delirio, en la sombra,
presas por otros y por sí mismas,
tan presas que nadie las suelta,
ni el rojizo gallo del sol
tampoco la golondrina azul de la luna
pueden llevar cualquier recado
a la prisión por donde las mujeres
se convierten en sal y muro.

[Heloísa Costa]


Canción de otoño

Perdóname, hoja seca,
no puedo cuidar de ti.
Vine a amar en este mundo,
y hasta el amor perdí.
¿De qué sirvió tejer flores
en las arenas del suelo
sí había gente durmiendo
sobre el propio corazón?

¡Y no pude levantarla!
Lloro por lo que no hice
y por esta flaqueza
es que soy triste e infeliz.
¡Perdóname, hoja seca!
Mis ojos sin fuerza están
velando y rogando por aquéllos
que no se levantarán.

Tú eres hoja de otoño
que vuela por el jardín.
Te dejo mi nostalgia
-la mejor parte de mí.
Y voy por este camino,
segura de lo inútil que es todo.
Que todo es menos que el viento,
menos que las hojas del suelo.

[Heloísa Costa]


Cantarán los gallos

Al morir cantarán los gallos
y una brisa leve de manos delicadas
rozará los bordes de las sedas mortuorias.

Y el sonido de la noche irá transpirando
sobre los claros vidrios.
Y los grillos a lo lejos truncarán los silencios,
los tallos de cristal, fríos, largos yermos,
y el enorme aroma de los árboles.

¡Ah, qué dulce luna verá nuestro calmo rostro
todavía más calmo que su gran espejo de plata!
¡Qué frescura espesa en nuestros cabellos,
libres como los campos de la madrugada!

En la niebla de la aurora
la última estrella
pálida asciende.

¡Qué gran sosiego, sin habla de humanos,
sin el hocico de los gestos del lobo,
sin odio, sin amor, sin nada!

Como oscuros profetas perdidos,
conversarán apenas los perros en los campos.
Tenaces preguntas. Vastas pausas.

Estaremos en la muerte
con aquel suave entorno
de una concha en el agua.

[Heloísa Costa]


El caballo muerto

Vi cómo la niebla de la madrugada
trazaba pasajes plateados, cambiaba
densidades de ópalo
bajo el pórtico del sueño.

En la frontera, un caballo muerto.

Granos de cristal rodaban por
su lustroso costado, y la brisa
retorcía su crin en un diminuto,
ligerísimo arabesco, triste adorno
— y su cola se movió, el caballo muerto.

Las estrellas seguían brillando,
y las flores de aquel día, por triste que parezca,
aún no habían salido a la luz
— pero su cuerpo era una parcela,

un jardín de lirios, el caballo muerto.

Muchos viajeros se fijaron
en la música fluida, el rocío
de grandes moscas esmeralda
que llegaban en una ruidosa oleada,

se inclinaba dolorosamente, el caballo muerto

Y se podían ver algunos caballos vivos
esbeltos y con la cola como barcos,
galopando a través del aire cortante
de perfil, soñando alegremente.

Blanco y verde el caballo muerto
en el enorme campo sin recurso
— y lentamente el mundo entre
sus pestañas giraban, todo borroso
como en lunas de espejo rojo.

El sol brillaba sobre los dientes del caballo muerto.

Pero todo el mundo tenía prisa frenética
y no podía sentir cómo la tierra
seguía buscando legua tras legua
el aliento ágil, inmenso, etéreo
que había escapado de aquel esqueleto.

¡Oh, pesado pecho del caballo muerto!

[Heloísa Costa]

Cecília Meireles [Río 1901-1964] explora el paso del tiempo, la espiritualidad, la naturaleza y la fugacidad de la vida. Su estilo musical, delicado y simbólico transmite emociones profundas mediante imágenes poéticas de gran sensibilidad y seducción.