Adélia Prado

Dulce lloriqueo

Ya tuve y perdí
una casa,
un jardín,
un umbral,
una puerta,
un marco de ventana.
Cuando la vida da un descanso,
vuelvo a querer
el umbral,
el portal,
el jardín
más la casa,
el marco de la ventana
y aquella cara abandonada
Todo imposible,
todo de otro dueño,
todo de tiempo y viento.
Entonces me da por llorar,
horas y horas,
el corazón ablandado
como un higo en almíbar.


Casamiento

Hay mujeres que dicen:
Mi marido, si quiere pescar, que pesque,
pero que limpie el pescado.
Yo no. A cualquier hora de la noche me levanto,
ayudo a descamar, abrir, cortar y salar.
Es tan bueno, nosotros solos en la cocina,
de vez en cuando los codos se tropiezan
él cuenta cosas como “éste fue difícil”,
“plateó en el aire dando coletazos”
y hace el gesto con la mano.
El silencio de cuando nos vimos por primera vez
atraviesa la cocina como un río profundo.
Por fin, el pescado en la bandeja,
vamos a dormir. Cosas plateadas estallan:
somos novio y novia.
 

Metamorfosis

Fue así como mi padre me dijo una vez:
estás hecha una yegua vieja buscando la gruta.
Las cigarras aferraban las patas a los troncos
y zumbaban con decisión su silbido.
Los árboles cantaban en el patio,
renovadas las hojas de un verde novísimo.
Expandí las narices y fui a pastar
con mi menuda cabeza.
Lo más caliente y amarillo que puede ser,
era el sol, un día de pura luz.
Mugí entre las vacas, antediluviana,
sé de arbustos, agua que encontré y bebí.
Al volver sacudí el cuello y la cola.
Quedaron solo dos señales:
un modo goloso de olfatear lo verde;
un modo de pisar, solo pezuña y piedras.


Fotografía

Cuando mi madre posó
para éste que fue su único retrato,
no aceptó tener las sienes curvas.
Sin embargo, hay un deseo de belleza en su rostro
que una doctrina dura ha contenido.
La boca es notable
pero se le ven las orejas.
El vestido es negro y cerrado.
El temor de Dios circunda su semblante,
como diadema. Luminosa. Pero una cruz.
Sería un retrato triste
si no viese en sus ojos un jardín.
No de aquí. Pero jardín.

Adélia Prado [Divinópolis, 1935] une espiritualidad, vida cotidiana y sensibilidad femenina. Con lenguaje sencillo y profundo, descubre lo sagrado en los gestos comunes, celebrando amor, cuerpo, fe, deseo y misterio con extraordinaria naturalidad y emoción.