PETER HUCHEL

Peter Huchel (Berlín 1903- 1981) es considerado uno de los poetas de la República Democrática Alemana, cuya obra y biografía reflejan la accidentada historia de Alemania en el siglo XX. Su niñez y adolescencia transcurrieron en la granja de su  abuelo,  en Brandeburgo, pero acudió a  las universidades de Berlín, Friburgo y Viena donde cursó literatura y filosofía sin llegar a licenciarse. Luego trabajó en Francia como obrero agrícola y viajó por Rumanía, Hungría y  Turquía. Comenzó a publicar poemas en 1924 y al regresar a Alemania, en 1930, colaboró en Die Literarische Welt y dos años más tarde, Die Kolonne, una revista de Dresde, le premió por su poemario Der Knabenteich (El estanque de los muchachos), pero él mismo impidió que se publicara, temiendo que su lírica de la naturaleza fuera malentendida y prohibida por los nacionalsocialistas. Los planes que hizo para emigrar no tuvieron éxito, de modo que sobrevivió el periodo nazi haciendo guiones para la radio, gracias a la ayuda de Günter Eich. En 1940 fue llamado a filas y en 1945 fue hecho prisionero por el ejército soviético. Entre 1946 al 48 fue director artístico de la radio de Berlín Este y poco después redactor jefe de la revista literaria Sinn und Form,  editada por J.R. Becher, en colaboración con el historiador Paul Wiegler, la más prestigiosa entonces en la RDA. Sus esfuerzos por hacer de la revista un foro de debate de una literatura marxista sin dogmas, y la presentación de nuevos valores literarios, le causaron numerosos problemas con el Partido Comunista, hasta que fue apartado de sus cargos, censurado y forzado al silencio en Potsdam en 1962, un año antes de recibir el Premio Fontane de Berlin Occidental y de haber recibido una oferta para trabajar en una universidad de Frankfurt. Después de muchos impedimentos y presiones, abandonó la RDA junto con su mujer e hijo. Desde entonces vivió en Italia y en la RFA, instalándose definitivamente en Staufen, donde murió.

La naturaleza y la vida humana son temas recurrentes de sus versos libres, resultado de la observación y las experiencias personales, que trasgreden las sutilezas imperceptibles de la cotidianidad, donde reside la dignidad de una persona, con lenguaje que se va haciendo cada vez más preciso, demostrando así un cierto escepticismo respecto de la realidad. Sus poemas remiten a los paisajes de su infancia en Brandeburgo, y concede una importancia especial a la relación trabajo-naturaleza, cuyas imágenes adolecen de cualquier tono idílico. La esperanza primera en la superación de las contradicciones sociales se diluye en favor de lo mítico y simbólico, determinado por una perspectiva paulatinamente más agria. El escritor, como ser humano y natural, se fusiona con la naturaleza y desde ella lanza un grito de dolor y protesta ante la desolación causada y difundida por el hombre. Cada poema ofrece al lector una vía hacia lo que permanece más allá del tiempo, el interior de sí mismo, propone un nuevo camino hacia la intemporalidad del espíritu y del arte a través de la poesía. En los momentos más optimistas su visión del mundo fue nostálgica, pero en general en su contemplación del paisaje manifiesta un sentimiento trágico de la vida. 

 

El mirlo acuático

 

Podría descender luminoso

en picada en el fluir de lo oscuro

y así pescar una palabra,

como ese mirlo acuático

que a través del cobertizo del aliso

toma su alimento del fondo

pétreo de las aguas del río.

Gambusinos, peces,

alejen sus utensilios.

El pájaro esquivo

quiere efectuar

su trabajo en silencio.

 

[D. B.]

 

Sin respuesta

 

En la copa de niebla del roble

se posa la corneja.

La sala del bar está vacía.

Hay sombras en la endeble parra

que reposa en el techo.

Signos escritos por un mandarín.

El alfabeto, que dominas,

no es suficiente para dar respuesta

a la pobre e inerme escritura.

 

[D. B.]

 

En Wildenbruch

 

Un cardo y su memoria

descompuesta por el viento.

Caballos con arneses

con talante del relámpago.

En el agua enrojecida

la tajante sombra de los peces.

Pronto la niebla se engulle

el pesebre de la rama seca.

La confesión del año,

los cuervos la llevan

en la blanca sombra del cielo.

 

[D. B.]

 

Otoño de los mendigos

 

En el cercado de zarzamoras,

la madera perecedera,

dio muchos frutos, 

tostados por el sol,

muy agrestes y frescos de lluvia.     

Los que descansan por la noche      

alisaron el follaje,    

antes que,

en zapatos con remiendos de alambre,        

los alejara bajo el polvo.      

Arbustos de octubre,

húmedos y deshojados,       

resquicio de nueces descompuestas, 

en hierba que la escarcha ha congelado,      

la fría dentellada de la niebla.         

Vaciado, como un panal,    

absorto, el girasol mira.      

El viento, que entre espinas se desliza,       

como un cuchillo es duro al tintinear.

 

[P. V.]

 

Sibila del verano

 

Septiembre arroja lejos el panal      

de la luz, más allá de los jardines rocosos.    

Aún no quiere morir la sibila del verano.   

Con el pie en la niebla y rígida la faz,         

vigila el fuego en el hogar frondoso;

cáscaras de almendras, como urnas en pedazos,       

yacen allí dispersas, en dura, herbosa senda.

La inclinada hoja de la caña el agua ha grabado.     

La arañas vïajan, hilos vuelan.        

Aún no quiere morir la sibila del verano.   

Anuda a los árboles su pelo.           

En podredumbre abierta el higo alumbra.  

Y blanca y redonda cual huevo de lechuza  

brilla de noche la luna en ramaje cenceño.

 

[P. V.]

 

Sin respuesta

 

Sobre la flotante

cabeza de niebla     

del roble     

se posa la corneja.   

El tirante está vacío.          

Sombras de secos    

pámpanos   

en el cielo raso.       

Signos,       

escritos       

por la mano de un mandarín.          

El alfabeto 

que posees, 

no alcanza, 

para dar respuesta  

a la escritura indefensa.

 

[P. V.]

 

El jardín de Teofrasto

 

Cuando al mediodía el blanco fuego

de los versos sobre las urnas danza,

recuerda, hijo mío. Recuerda a aquellos

que una vez árboles como prédicas plantaron.

Muerto está el jardín, mi aliento se agrava,

conserva la hora, aquí anduvo Teofrasto

con corteza de roble para abonar la tierra,

para atar con fibra la corteza herida.

El muro quebradizo de un olivo se agrieta

y hay voz en el polvo ardiente todavía.

De rozar las raíces la orden fue dada.

Desciende tu luz, fronda desamparada.

 

[J. L. R. P.]