Gu Cheng

Introducción y traducción de poemas por Harold Alvarado Tenorio

Hijo de Gu Gong, poeta y oficial del ejército, Gu Cheng [顾城 1956-1993] nació en Beijing. Cuando cumplió 13 años, en 1969, durante la Revolución Cultural su familia fue desterrada a un desierto salado en la provincia de Shandong donde fueron obligados a criar cerdos a través de los campos de pastoreo. Al no conocer el dialecto de la región, el muchacho se dedicó a interpretar los paisajes de la naturaleza oyendo sus voces, coleccionando insectos, observando las aves, escribiendo poemas sobre la arena con una brizna de árbol. Cinco años después regresaron a la capital donde comenzó a trabajar en una fábrica y a escribir para liberarse de la opresión citadina, que le hacía sentir como un insecto en una pequeña caja. Hizo amistad con un grupo de poetas algo mayores que él, –Bei Dao, Duo Duo, Yang Lian, Mang Ke, Shu Ting, y otros– que publicaban en una revista clandestina llamada Jintian [HOY], autores también de un manifiesto [Muros de la democracia] donde se declaraban contrarios a los postulados del realismo socialista y la épica de sus héroes revolucionarios y victoriosos, partidarios, mas bien, de escribir una poesia personal, introspectiva e imaginista. Uno de esos, sus primeros poemas, decía:

 Mustio es el cielo,

mustio el camino,

mustios los edificios,

mustia la lluvia,

en este lugar

mustio y muerto

dos niños caminan

uno es rojo e intenso

el otro verde y claro.

 El poema fue calificado Menglong, “brumoso” y así, [] Nebulosos,  se conocen ahora los poetas que surgieron durante los días de las manifestaciones en la Plaza de Tian´nanmen, cuando se hicieron tan famosos que llenaban estadios para oír sus versos y se les atosigaba como a cantantes de moda.

Entonces la burocracia del Partido Comunista no supo qué hacer con ellos. Prohibieron sus obras, se les condenó a través de campañas contra “la contaminación de los espíritus revolucionarios y el liberalismo burgués”, incluso el padre del poeta, el poeta Gu Gong se sintió avergonzado de los versos de su hijo. Entonces, a comienzo de los años 80 Gu Cheng dio el salto cualitativo en su poesía  redactando el primero de sus extensos poemas seriales, El expediente Bulín, sobre la figura cómica de un rey Mono de la novela Viaje al oeste a través de los cuentos de hadas y canciones de cuna escritos por un supuesto niño que ingiere hongos alucinógenos. En esos años también casó con Xie Ye, una estudiante de poesía, inteligente, práctica y mohína,  que había conocido en uno de sus viajes en tren.

A finales de esa década se mudaron a Auckland, en Nueva Zelandia, donde Gu Cheng obtuvo una plaza de profesor de chino. Pero el poeta vivía ensimismado, contemplando la naturaleza, y no asistía a clases. Fue despedido. Entonces la pareja se trasladó a una isla, donde, tratando de recobrar los paisajes de su infancia recogía crustáceos, raíces, frutos, hizo vasijas de barro, cocinaban rollitos de primavera que  vendían al vecindario. Al hijo que nació llamaron Oreja de Madera, como el hongo basidiomiceto comestible [Auricularia auricula-judae] más famoso de la cocina china. Xie Yie tipeaba sus poemas y él pagaba el servicio con billetes pintados a mano. No aprendió inglés, tocaba su cabeza con un extraño sombrero redondo y obligó a su mujer a regalar el niño a una pareja de nativos maorís. Una beca alemana les llevó a Berlin y de allí a New York, donde el experto en los poetas nebulosos, el norteamericano Eliot Wienberger, lo acogió como una estrella recién caída del cielo.

Antes de regresar a Nueva Zelandia, el poeta se enamoró de una chica llamada Yinger y como la correspondencia entre ella y Gu Cheng arreciara, Xie Yie creyó que invitando a la intrusa a vivir en la isla de Waiheke le permitiría a ella librarse del poeta y reunirse con su hijo. Compró entonces un billete de avión para Yinger, que terminó por entender que el delirio de Gu Cheng de convertirse en el príncipe polígamo de El Reino de las Hijas de El sueño del pabellón rojo, complacido por numerosas mujeres en un jardín hacia su vida imposible. Antes que Gu Cheng y Xie Ye regresaran de Berlin, donde habían ido por un año en busca de algún dinero, ella se fugó con un maestro en artes marciales.

Durante su estancia en Berlin el poeta confeccionó uno de sus más raros relatos, Yinger, haciendo una memoria de su tormentosa relación. Confesión, realismo, alucinaciones, delirios de grandeza, ridiculeces, incoherencias que fueron grabadas por Xie Ye, quien terminó por darse cuenta que su marido se había convertido en algo distinto a un ser humano. Pero fue entonces cuando escribió los que la crítica ahora considera sus mejores poemas, en especial la titulada Cheng, una evocación extensa y sincrónica de Beijing, que detestaba y no pudo recuperar nunca. La ciudad [cheng] es él mismo [Cheng] y la Ciudad Prohibida [Gugong] es su padre Gu Gong. Para el lector de hoy el poema es una suerte de anuncio de las fantasías ofrecidas por la nueva sociedad de consumo a aquellos que vivieron en su niñez y juventud los coletazos de la Revolución Cultural y el fin del Maoísmo.

Gu Cheng se hundió entonces en un cosmos de violencia y megalomanía con la ayuda de las parábolas de Chang Tzu, llegando a limites como afirmar que el Tao y quien le sigue acepta el crimen, el suicidio y cualquier cosa pues hacer es precisamente NO hacer. Sólo el sueño aliviaba su angustia, despertar era el sufrimiento mismo. El 8 de Octubre de 1993, tras haber regresado a la isla Waiheke luego de haber visitado a finales de Septiembre la tumba de Gaugin en Tahití, Gu Cheng asesinó a Xie Ye y luego se ahorcó.

Unas semanas después se publicó Yinger, convirtiéndose en uno de los textos de culto de la China contemporánea, símbolo de la melancolía cultural y anímica de una generación lacerada por el delirio político de los maoístas, los destierros, el machismo o las ambiciones.

 

El regreso

 

No  vayas a dormir, no.

Querido, todavía hay mucho por recorrer,

no te acerques demasiado a las

tentaciones del bosque,

no pierdas la esperanza.

 

Escribe la dirección

con nieve derretida en tu mano

no te apoyes en mi hombro

mientras atravesamos la niebla del amanecer.

 

Levantando la transparente cortina de la tormenta

llegaremos adonde venimos

un verdoso disco de tierra

alrededor de una vieja pagoda.

 

Allí cuidaré

tus preocupados sueños

y te apartaré del flujo de las noches

dejando sólo los tambores de bronce

y el sol.

 

Más allá de la pagoda

pequeñas y silenciosas olas

alcanzan la playa

y temblando, retroceden.

 

 Durmiendo con música de día

 

La gente duerme dócil en la oscuridad

y apacible en el dia.

 

Los parparos caen y sonríen,

los rostros son sombrillas

que florecen en las faldas

de las laxas amantes

tumbadas en verdes poltronas

perezosas donde hay bebes

y madres obesas que duermen sobre piedras

empolvados muchachos que levantan sus piernas

murmurando que desean ver un oso negro

y viejos masticando pipas raídas

abriendo sus bocas con amplios dolores.

 

El sol también duerme inalterable

respirando entre pálidas llamas azules

inmóvil mientras parpadea

pues las nubes son de amianto

y la nueva iniciativa

es plata de dolor distorsionada

que brilla en cada grano de arena.

 

Y  la noche no se mueve.

En un estudio de fotógrafo

el viento sopla fríamente

detrás de las sonrisas de todo el mundo

un viento frio sopla

el polvo que adormece

el vacio cargado vacio de la cámara.

 

 Verano sobre el pavimento

 

El llanto duró toda la noche,

cuando el sol salió

las gotas de lluvia brillaban

mas que el vapor que huía.

No limpié el vidrio,

supe que el cielo era azul

y los arboles estaban afuera,

comparando sus cabellos,

golpeando sus castañuelas

fingiendo ser inmensos insectos predadores.

 

Todo esta tan lejos.

 

Una vez fueron tan frágiles

como una cigarra en la mañana

con sus alas mojadas,

las gruesas hojas, eramos jóvenes

que nada sabíamos,

nada esperábamos conocer,

sabiendo sólo que los sueños son deriva

y nos conducen al dia con nubes

que caminan en el viento

y el agua del lago puede recogerse en un espejo brillante,

vimos el verde de las hojas verdes

y no quiero saber de no haber

limpiado el vidrio,

verdes olas de tinta ascienden el verano

y el otoño golpea los remos

y los peces arrojan un brillo corriente

una risa roja color traje de baño

descolorida.

 

Todo es tan lejano

que el verano aun dura

y el llanto se ha detenido.

 

 

En un camino de greda en invierno

 

Fue en un camino de greda, en invierno,

alineado con piedras.

El polvo estaba quieto bajo un sol

indiferente conservando el calor

en el frio invierno.

Cansado de caminar dijiste:

“No ves que la casa está vacía,

tal vez se han ido, sentémonos un momento

sobre este muro. “

 

Supe de la hierba seca sobre el terraplén,

con sus hojas rotas ofreciendo

todo lo que tienen, sus sentimientos,

diciéndome:

“En la noche todo cambia.

La suave brisa puede convertirse en bestia,

un grito perdido tras un grito salvaje”

Dijeron: no te sientes mucho tiempo,

pero dormiste plácidamente sobre mi hombro,

tu castaño pelo sobre mi pecho

plácidamente,

tan cansados aun para estirar la brisa.

El sol no puede esperar.

Como el apaleado ojo

he perdido el lenguaje para despertarte.

 

Fue en un camino de greda, en invierno,

la noche crecía en sombras.

La primera estrella no lloraba;

guardaba sus lagrimas de oro.

Suavemente te apoyaste en mi  hombro,

en el calor de mi aliento.

Tus labios temblaron, hablando de sueños.

Lo sé, pedias perdón a tu madre.