La poesía no ha muerto
Acostumbrado uno, casi que por obligación o necesidad profesional, a la lectura de tanta producción literaria, encuentra que la poesía es cada vez más esquiva, menos frecuente, y que hay cierta uniformidad grisácea en la producción de los nuevos valores.
Decir por ello que “la poesía no ha muerto”, es ratificar el descubrimiento de un nuevo filón, de una veta con brillo particular que surge cuando menos se espera y donde menos se piensa. Entonces leer un poema se convierte en una sensación inefable e indefinible de júbilo espiritual, asi como una fusión inmediata con las cosas que se aman, se sienten y se intuyen.
Debo agregar, como otra ratificación de mis gustos intelectuales
hecha en favor de un poeta de quien voy a ocuparme enseguida, que poca afición
tengo por la lectura poética. O mejor dicho, que selecciono con un
gran cuidado estas lecturas porque no ocurre con la poesía lo que
con la prosa, donde unas cualidades pueden ocultar o compensar ciertos defectos
o fallas. Para mí la poesía debe ser íntegra, totalmente
hermosa, sin una quiebra, sin una fisura por donde podría deslizarse
el desencanto.
Pues bien; a mi mesa llegó un pequeño cuaderno de pasta morada
con este sugestivo título: En la Orilla del Tiempo. Se trata de los
poemas de un vallecaucano oriundo de Buga, Rogerio Tenorio; la edición
ha estado a cargo de la editorial Londir. Se trata de la recopilación
de breves sonetos al parecer fruto selecto de una permanente cosecha entre
1947 y 1976.
Me he deslumbrado con la lectura de estos versos, tan sugestivos, tan llenos de vitalidad, tan patéticos y humanos pero, al mismo tiempo, acariciados e inspirados por un hálito de eternidad que hace necesariamente vagar el pensamiento en pos de algún alado genio, de cuya savia prodigiosa ha tomado este auténtico poeta vallecaucano todo el calor, al tiempo que la dulzura, capaces de convertir las palabras de piedra en espíritus vibrantes y sonoros.
Como un regalo para los lectores, transcribo a continuación uno de los sonetos del libro de poemas En la Orilla del Tiempo, en la seguridad de que su producción está llamada a figurar en primera línea dentro de la actual poesía colombiana:
Esta hora quebrándose en instantes
sobre el mundo y su angustia desolada,
esta plena conciencia de la nada,
le da al dolor dureza de diamante.
El corazón padece el flagelante
sopor que me circunda. La cascada
de mi sangre es más alta, y la anhelada
ilusión de olvidar, se hace distante.
Y el amor, renacido de repente,
crece sobre el cadáver de la tarde
grabándome recuerdos en la mente.
Huérfana el alma, siéntese cobarde
ante este olvido que al dolor ofrenda
una ausencia más cierta y más tremenda.
Francisco Gómez Valderrama. / Occidente, Cali, 20 de Febrero de 1976