Nostalgia del soneto
Desde sus orígenes, que escasamente se remontan a la época pre-renacentista, el soneto ha sido la composición poética más utilizada y, al mismo tiempo, la más admirada. No hay poeta, entre los grandes, que no tenga en su haber una buena cantidad de sonetos, ni persona, por ignorante que sea en materia de poesía, que no guarde cuidadosamente en su memoria dos o tres sonetos con los cuales “descreste” en las charlas “salidas de lo común” o, al menos en nuestro medio, intente hacer conquistas donjuanescas para parecer, a la vista de su objetivo, sentimental, soñador o romántico, como un amante auténtico de los valores espirituales. Y si bién, esto último pude parecer fastidioso a los críticos de la poesía, lo cierto es que este hecho confirma el grado de universalidad (no propiamente de popularidad) alcanzado por el soneto. Así, se ha difundido a todas las capas de la sociedad (las representadas por un Valencia y un Florez, por ejemplo), hablando todos los dialectos: el humorístico (Silva y López), el descriptivo-narrativo (Rivera, E. Mejía, Gutiérrez González), el anecdótico socarrón (el “Tuerto” López), el decadente trascendente (Barba Jacob) y el intrascendente (De Greiff), y, en general, desde lo meramente folclórico hasta lo lírico en todas las manifestaciones; todo ello confirma, especialmente en nuestro país, que la historia de la poesía ha girado alrededor del soneto. Estamos convencidos que unanálisis estricto de los sonetos más representativos de nuestros grandes poetas, nos llevaría a tener una noción más que clara de lo que ha sido la poesía en Colombia. Especialmente si consideramos que, todavía hoy, un buen soneto es la mejor carta de presentación para un poeta que se tilde de tal.
Pero volvamos al principio; hablábamos de los orígenes del soneto. Situémonos, pues, en aquellos momentos. La poesía del siglo XIV se debatía entre la épica y la lírica mística, ambas de características grandiosas, tendiendo siempre hacia lo divino tanto en la acción (lo épico) como en la contemplación (lo místico). En cualquiera de los dos casos, los resultados eran burdas imitaciones de la poesía griega (de la gran épica griega) y de la poesía auténticamente latina (del gran recogimiento de los poetas latinos).
Sin embargo, por encima de esta falta de originalidad, había un factor que permitiría que la poesía tomara un nuevo rumbo. Ese factor fue la filosofía, y, más concretamente, la teología. Es de anotar que en aquella época, la metafísica y todo riguroso sistema eran la verdadera fuente de conocimiento; es decir, la poesía misma no tenía un autonomía propia, como no la tenía el poeta. Este tipo de filosofía, extremadamente idealista que racionalizaba aún lo imaginario y lo fantástico dentro de un orden universal inalterable, se planteaba problemas considerados esenciales que eran resueltos ya en el campo de la poética (v. gr. La unidad, lo universal, la eternidad, la creación, etc). Agregándosele, pues, la visión racional, sistemática y científica.
Los poetas no serían indiferentes ante este fenómeno. Nacidos
y formados en el esplendor de la más exigente metafísica,
la llevarían a su más perfecta realización poética.
Y al lograrlo, iniciarían paradójicamente, el camino de la
nueva poesía, el resquebrajamiento de la sociedad medieval, lo cual
se daría también a nivel filosófico.
Dante y Petrarca realizaron magistralmente esa integración. Siguieron
los moldes tradicionales, es cierto, pero con la suficiente madurez y universalidad
como para hacerla imperecedera, sumándo a ello un individualismo
trascendente en el que el poeta se sumergía a fin de identificarse
con su obra. La épica ya retornaba con Dante a lo alegórico,
a lo puramente poético y era el autor el principal actor; y la lírica,
con Petrarca a la cabeza, se centraba sobre un nuevo hombre, identificado
en él mismo, lleno de debilidades y limitaciones que empezaba a reconocer
y admirar, en medio de su miseria, su condición terrena.
Además, como aspecto fundamental que repercutiría a la largo
de toda la época moderna, surgió un nuevo personaje que hacía
las veces de mediador ante lo divino, representando los verdaderos ideales
no sólo del poeta sino de la humanidad entera: Beatriz o Laura, la
mujer o el amor, sería, para los poetas la nueva fuente de conocimiento,
la cantera inagotable del sentimiento poético. “Dios es Amor”,
la célebre frase bíblica era el postulado, escrito y concebido
lo más humanamente posible.
Lo anterior constituyó una completa innovación en cuanto al contenido de la poesía. Pero no fue sólo el contenido; también varió la estructura de la poesía, su concepción formal. En Dante, la poesía se transforma en una construcción laberíntica, en la que los diversos planos van superpuestos según una disposición geométrica que recae sucesivamente en lo circular. En Petrarca se reúnen todos los elementos alrededor de un sólo sentimiento, pero distribuidos en una forma ordenada, cerrada, estricta, logrando en la poesía aquello que en la filosofía se había logrado a través de la lógica; así resultaría el soneto, una composición a modo de silogismo, con sus dos premisas (dos cuartetos) y una conclusión(dos tercetos unidos en su construcción sintáctica). En tal sentido, pues, el soneto fue el verdadero despertar de la poesía lírica (no mencionada siquiera por Aristóteles en su Poética, debido a su carácter subjetivista), reuniendo las dos épocas, la medieval y la moderna con una sutiliza admirable. Desde entonces, el soneto ha sido el más digno representante de la estética occidental en el campo de la poesía, desde Petrarca hasta Mallarmé, y sólo en los últimos años, con la aparición del verso libre y el rompimiento necesario con las formas clásicas, su presencia empieza a desaparecer. La crisis de la poesía, tan de moda en los conciliábulos literarios de hoy, podríamos relacionarla con la crisis del soneto. Hay una nostalgia de él como la hay de Dios, de la naturaleza y de los valores.
Esa nostalgia del soneto es claramente manifiesta en este libro del poeta vallecaucano Rogerio Tenorio, En la Orilla del Tiempo, aparecido recientemente. La edición estuvo a cargo de los ya reconocidos críticos y poetas Fernando Garavito y Harold Alvarado Tenorio y consta de 18 poemas, en su mayoría escritos entre 1957 y 1976. Un poema por cada año; (diríamos al margen), y una obra que mantiene su unidad, lo que a primera vista nos habla de su madurez y la constancia de su autor, quien tiene un gran manejo de las formas clásicas, así como una depuración del lenguaje marcadamente subjetivista, sin perder por ello los caracteres expresivos y mágicos propios de su mundo poético.
Hablábamos de la nostalgia del soneto en esta obra. Esa nostalgia se engendra en el poeta. Ambos poeta y nostalgia están esencialmente atados (como lo están poeta y poesía en Petrarca, según analizamos), pero se diferencian en su punto de origen, en ese lugar poético que les representa. La nostalgia se vuelve sobre el mundo, sobre lo nombrado y lo innombrado del mundo descubriendo el misterio de todas las cosas y dejándose guiar tan solo por la visión momentánea para finalmente reconocer, en este viaje metafísico, la imposibilidad de captar el oscuro origen de las cosas y de la palabras:
(...)
Y la tierra se inunda de belleza
nadie sabe dónde, lentamente.
La nostalgia nace de un vivenciar la poesía en el poeta; las palabras y las cosas son apenas medios para descifrar y mostrar la magnitud del sentimiento profundamente nostálgico, melancólico, triste: “Lo triste está en nosotros, / no en la manera de mirar el agua”. Y esa nostalgia posee al poeta totalmente: en sus sentidos y en sus sensaciones, tornándose desesperado y angustioso, e intuyendo una cierta complacencia en el dolor que se convierte, finalmente, en su auténtica resignación:
Patria de mi canción, corazón mío,
Medidor de mi angustia y desconsuelo;
Lámpara en la penumbra del desvelo,
Principio y fin de todo desvarío.
(...)
¡Corazón! ¡Corazón! Ala sin ave,
Te dormirás sin descifrar la clave
De la desigualdad de tu latido.
Lo posee también, y sobre todo en sus sentimientos, aquello que participa de su ser íntimo, modificando su vida y trazando su destino. Es la mujer siempre unida al tiempo, al recuerdo, a la ilusión, al olvido:
(...)
Fue tan sencilla su pasión, que apenas
comprendió que el amor causaba penas,
sufrió la pena de olvidarme un día.
O este otro:
Hay unos ojos, pienso en ti.
Miro la tarde que camina,
el tiempo enrrolla su cordel.
No aletearán entre tus manos
rayos de sol y tus pupilas
no harán memoria de la luz...
Ya el término nostalgia en su comprensión y su extensión propia nos habla del tiempo, del pasado. Y nos habla fundamentalmente, de la ausencia de aquello que fue presencia convertida ahora en recuerdo; o, acaso, en olvido:
(...)
Huérfana el alma, siéntese cobarde
ante este olvido que al dolor ofrenda
una ausencia más cierta y más tremenda.
O:
Vengo desde los lindes de tu ausencia...
La actitud romántica, en su acepción más clásica, se impone a lo largo del libro. Lo trágico, como tal, solamente se nombra en la misma medida en que sólo se puede nombrar el presente:
Esta hora quebrándose en instantes
sobre el mundo y su angustia desolada,
esta plena conciencia de la nada,
le da al dolor dureza de diamante...
Con referencia al futuro, hay esperanza. Si el dolor fortifica, según lo anterior, es posible que su aparición tenga como finalidad purificar al poeta (como diría Aristóteles, purificando, así, el sentimiento, las palabras, las cosas y la existencia misma:
Si un buen día encontrara el sentimiento
que traduce la clave de las cosas,
el alma iluminada de la rosa
limpia de arcilla y turbio pensamiento,
(...)
Castidad de mañana en primavera
sentiría el corazón si consiguiera
hacer sencillo y diáfano su canto.
Ya no sería semilla de amargura
ni en el surco donde germina mi pavura
brotarían las rosas del espanto.
El poema Dadme una flauta con que se cierra el libro es, según lo anterior, un planteamiento crítico en el que asume el poeta una posición no sólo frente a su obra sino ante la poesía actual en general. En él invoca el reencuentro con lo clásico, el rechazo de los nuevos ritmos, formas y mensajes, así como la denuncia del simple sentimentalismo verbal, para culminar en una afirmación marcadamente idealista, de lo subjetivo en sí mismo:
Dadme una flauta
no quiero un instrumento
sino un camino hacia las viejas voces.
Oigo que músicos farsantes
(mientras el hombre se arrodilla
para olvidar que viaja hacia la muerte)
hablan de una princesa pálida
que murió de olvido.
Dadme una flauta
libre de cantinelas melancólicas,
de llanto por la ausencia de un lucero.
Lo triste está en nosotros,
no en la manera de mirar el agua.
No sabríamos decir qué importancia tiene un libro de sonetos actualmente en Colombia, lo cierto es que detrás de ese rechazo fanático que los poetas y críticos actuales hacen de lo clásico, se esconde un desconocimiento total de lo que es esencialmente la poesía; en tal sentido, un libro como En la Orilla del Tiempo que es poesía y poesía clásica en su forma y en su fondo, nos obliga a replantear de nuevo la discusión. De otra parte, ¿qué gran poeta ha nacido de todo ese maremágnum de formas nuevas, de giros rebuscados y de ideas oscuras sin ninguna coherencia interior? Nuestros clásicos poetas, inclasificables a nivel universal, han mantenido vivo el amor y la pasión por la poesía y se hacen citables todavía, como decíamos al principio, en las tertulias y en las conquistas amorosas.
Lo cierto es que esa no aceptación de lo clásico se vuelve contra su forma más representativa y admirable: el soneto; esto es mucho más serio de lo que se cree, según lo tratamos de mostrar al principio de este comentario. Y se torna todavía más difícil si se estudia su evolución, analizándolo en la poesía romántica, en el parnasianismo, en el surrealismo y en el simbolismo.
Fue de su más severa expresión y de su más estricto estudio, que se vio, realmente, en la necesidad de desaparecer. Pero en Colombia, nuestra amada Colombia, nada sabemos de esto. Aquí llegamos al verso libre porque nos vino la autorización desde Europa, no porque hubiéramos sacado del soneto sus máximas posibilidades. Es precisamente nostalgia del soneto, elemental en su lirismo pausado, en su construcción, puro en sus imágenes, lo más que nos pueda enseñar este libro desde su honda vibración interna. Es un estar, como lo dice su título En la Orilla del Tiempo, pasivos ante el destino, contemplando el misterio de la existencia y viviendo en función de la poesía, siendo la poesía misma. Esto creo yo, si es verdaderamente auténtico, más que la moda y el snobismo. Lo demás, si no ha de hacerse con el mismo entusiasmo y la misma seriedad creativa, no pasa de ser una simple pose, una tomadura de pelo o un desplante. Y el poeta en tal caso, un charlatán, un ignorante del crepúsculo y de la luz.
Jorge Emilio Sierra Montoya / La Patria, Manizales, 11 de Julio de 1976