Nos queda la palabra

La noticia llegó como un campanazo siniestro: Rogerio Tenorio, un joven y lúcido poeta de 83 años, valiente y bueno, ha sido secuestrado en Buga por la cáfila de sepultureros a sueldo que se aprovecha de un régimen dando bastonazos de ciego y una sociedad sorda y muda que solo se conmueve con el fútbol y se defiende con jaculatorias. Patadas y oraciones, porque el que peca y reza empata.

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Conocí al tío Rogerio en Cali, hace tres años, cuando con su sobrino Harold y los escritores Fabio Martínez y Darío Henao nos dimos un banquete por partida doble: opíparo rodizio para barrigas sin fondo y charla sabia y lúcida por cuenta del anfitrión, quien ese día cumplía sus 80 años, que nos opacaban a los de 30 menos porque el vigor, la perspicacia y la profundidad del tío fueron prueba vehemente de pasión por la vida y por la poesía, al tiempo.
Practico y lúdico a la vez, como solo pueden serlo los octogenarios que agitan las alas y se van al viento, primero puso al vuelo sus campanarios de poemas y luego se convirtió en pionero de los avicultores colombianos, quizás lo que sedujo a los glotones sediciosos que lo secuestraron, en su búsqueda sangrienta de la gallina de los huevos de oro.
El viernes, en Buga (Valle del Cauca), se lo llevaron los bribones. Harold, un hombre inmenso que no sabe qué hacer con el travieso niño que le habita, en estas pocas horas ha puesto a revolar las únicas armas de un poeta: las palabras, para que el tío regrese, para que los desalmados se conmuevan, aunque todos sabemos que si esa gente no le camina a la justicia, menos lo hará frente a los sentimientos.
Pero el tío Rogerio está enjaulado y a los hombres y mujeres de palabra solo nos queda eso: la palabra. ¡Afortunadamente nos queda la palabra! ¿Para qué? Para gritarles miserables cobardes asesinos malditos rémoras parásitos bandoleros ladrones almártagas villanos sinvergüenzas pobres sordos ciegos inhumanos caínes insensatos locos fieras montaraces despreciables solos.
Va por el tío Rogerio y por los cinco mil y más infortunados en sus predios sombríos. Nos queda la palabra y ella es la única esperanza, en medio de esta culpa que es de todos y es de nadie. Si no gritamos nos envenenamos: que regresen al joven poeta octogenario, que devuelvan a todos, que abran las puertas de los siniestros calabozos mutantes y que dejen vivir porque esta guerra de todos contra todos ya sabe y huele a roña y a carroña.
Nos quedan las palabras para al menos decir vamos por ellos, invadamos los montes, demos la guerra siquiera poniendo nuestros gritos en el cielo, ensordezcámolos, apabullémoslos, avergoncémoslos, enjuiciémoslos aunque sea a punta de palabras.
¿Y si no sirven de nada las palabras? Sirven más que el silencio, lo aseguro. Eso bien lo sabemos los hombres y mujeres de palabra. Lo sabe el tío Rogerio que le cantó a la patria donde está perdido: “Patria de mi canción, corazón mío,/ medidor de mi angustia y desconsuelo;/ lámpara en la penumbra del desvelo, / principio y fin de todo desvarío.// Cauce sangriento que contiene un río/ que ignora a dónde va, ángel sin cielo;/ ave sin árbol, corazón, tu anhelo/ es todo tu principio y tu desvío.// Timonel sin timón, mañana oscura,/ caracol en el mar de la amargura,/ estás cansado sin haber vivido.// Corazón, corazón, ala sin ave,/ te dormirás sin descifrar la clave/ de la desigualdad de tu latido”.
Rescatemos al tío y al hermano y al primo y al amigo y los miles de hombres y mujeres que necesitan de nuestra palabra, lo único que nos queda en medio del desastre.

Por Ignacio Ramírez