Campana sobre campana

Eso de tomar palabras para explicar la vida es cosa seria. Si es cierto –como lo dijo Rubén Darío–que “no hay dolor más grande que el dolor de estar vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”, la agonia de explicar todo ello con palabras es honda.

Si el arte es una suma de tensiones expiatorias, la literatura es la más ardua de todas ellas. Mientras los artistas, que van mostrando el mundo con imágenes, siguen casi siempre las secuencias de estilos y escuelas, en literatura la sorpresa, la anti-escuela, el enfrentamiento brutal contra lo anterior, el rompimiento, la crisis, el vívido choque de testas y de plumas, es lo normal.

Piénsese que en la batalla de las palabras se han agotado sensibilidades grandes e inteligencias como pozos. Es más común el escritor agónico y tensado contra infinitas luchas que el plácido, el dionisíaco, el tranquilo inspirador de colores. Salvo los expresionistas (esos sí dramáticos y perseguidos, guerreros, trágicos, mártires) la gran historia de la pintura es la gran historia de la felicidad.

En literatura no. Aquí la cosa es casi de vida o muerte. Por estas consideraciones (¡cómo resiste el papel! ¡cuánta bondad del lector que aqui ha llegado!) es gratísimo hallar un libro donde la más grande ternura y la mejor de las penas del hombre, se han dicho “sin que se manche de amargura el lino de nuestra propia voz”.

Hablamos de un texto novísimo de Rogerio Tenorio. Su enunciado todo tiene mucho de madura sazón del dolor. Va diciendo las cosas más penetrantes, esas que se recuerdan en la simple coloración de un campo sembrado, o en la calidez de unas manos de mujer o en la mirada de un niño y va haciendo Rogerio Tenorio una poesía limpia y frágil, pero acerada en su intención y fresca en la escogencia del lenguaje.

Ahora que se discute un tanto peregrinamente sobre si hay o no poesía, el libro –de cuerpo violeta y blanca carnadura de papel– llamado En la Orilla del Tiempo, sale a decir que no hay tal. Si los Pombos, Silvas, Caros o Valencias ya murieron, ahora hay otros, ni mejores, ni peores, distintos, hechos de ellos mismos, con sus propias armas y listos a levantar la voz en cuello, porque se trata de seres humanos para los que también explicar el mundo es lo suyo.

Fernando Garavito y Harold Alvarado, al fin poetas, han hecho una obra de arte con la edición de ese limpio libro. Que me sabe a español antiguo, de la mejor catadura.

Si yo no amara, viviría
libre y viajero como el viento;
pero la rosa del lamento
¿qué caminante cortaria?...

Que me huele a agua fresca y a flores de las que morirán con este siglo y a cuerpo de mujer.
Libro que tiene un mérito importante: cantar sencillamente después que se ha sufrido mucho. La fraternidad que logra crear con las palabras asi lo señala rotundamente.

Alvaro Burgos Palacios. / El Pueblo, Cali, 20 de Febrero de 1976