La música de las esferas
Permanente ha sido mi anhelo de escribir una página que analice a fondo la noble obra poética de Rogerio Tenorio.
Muchachos como él, llenos de méritos, son acreedores a todo estímulo, máxime cuando en medio de su pobreza se han levantado e impuesto por su propio esfuerzo y su propio valer, dando todo lo que tienen en su corazón y en la mente, en bien y servicio de su amada tierra y para orgullo de los suyos.
Pero para mí hay algo más entrañable todavía
que me impele a admirarle y a ocuparme de él: es la lira que ajusta
fuertemente a su pecho y de la cuál arranca altas y delicadas notas
que van a traducirse en nobles versos, en bellos cantos, que ya hoy hacen
honor a la nueva poesía colombiana. Creí que para mí
había llegado la anhelada hora de hablar sobre Rogerio, mas, es el
caso que habiéndome ausentado de la ciudad bastantes días
en una correría de descanso, al volver he encontrado que el homenaje
es hoy, habiéndome quedado por lo tanto muy contados días
para prepararme a fondo. Nuevamente, pues, me veo privado de cumplir hoy
el viejo anhelo, ya que la obra poética actual de Rogerio no es para
analizarla al acaso como en una simple nota periódica del día
o como quien va a la deriva sobre las aguas de la crítica, sin brújula,
loco el timón y sin ancla.
Para quienes ya tenemos un poco de responsabilidad intelectual y apreciamos
estas cosas, no nos es posible aventurarnos en el mar de la crítica,
que es mar proceloso, sin antes haber acondicionado bien el viaje sobre
la ruta a seguir. Y es que, Rogerio, tiene versos de gran factura y de alta
entonación que no pueden juzgarse así no más, como
aquellos en que hablando de la paz eglógica del campo la ensalza
hasta lo sublime diciendo:
En esta calma campesina
hay un armónico sentir,
ni un ave canta y la vacada
rumia en silencio su vivir.
El hombre vuelto hacia sí mismo,
se purifica en el dolor; tira con la hierba
los recuerdos
y hay menos odio en su interior;
Se aniña el alma entumecida
por el sopor de esta quietud,
flor de ternura entre la copa
de la agonía de la luz.
Si en los versos anteriores no hay verdadera poesía o no denuncian a un aedo de entonación lírica, entonces no hay poesía, y perdónesenos la afirmación.
La poesía no es el cuidadoso ordenamiento de vocablos, ni de frases a la manera de los modernos “hacedores” de líneas cortas o largas, al arbitrio del capricho. No. La poesía es la traducción de un sentimiento en palabras henchidas de música y esculpidas en mármoles por las manos de las diosas; es la expresión de la belleza en palabras que la mente y el alma del poeta hacen eternas al soplo divino de su inspiración; es la interpretación emocionada de un hondo problema del espíritu o de un sueño nacido a la contemplación de las cosas de la naturaleza; es, también, el relámpago de esplendores cósmicos que salta entre la lucha de los amaneceres del amor y las sombras de los ocasos del dolor, crisoles en los que se aquilata la sabiduría y la obra del artista. “El mundo no cesa de cantar en torno nuestro, –dijo alguien– pero sólo los elegidos escuchan su misteriosa melodía”. Son los únicos que sienten y ven el Splendeor veri de que hablara Platón. Rogerio pertenece a estos elegidos. Por algo dijo en uno de sus poemas:
El asno puede masticar pétalos de rosa
porque ignora que muerde universos de belleza
Y luego en su arranque de dolor, casi agobiado por el pesimismo nacido en la indiferencia de los hombres por la obra del artista, agregó:
El heroísmo del hombre consiste
en crear hojas para que el viento las arranque.
Quien se detenga un poco en el análisis de la poesía de Rogerio, encontrará un poco de desencanto de la vida mezclado con un algo de ironía. La desilusión muestra frecuentemente su cara tímida entre los árboles de un huerto, como si las reminiscencias de sus primeros años invadieran todavía el ambiente. Pocas veces la niña de la alegría se pasea simultáneamente en sus campos y cuando lo hace pasa furtivamente. Sin embargo, como en todo poeta hay siempre un niño; a ratos tiene dulces candores y se detiene a contemplar el agua del pozo en donde se refleja un pedazo de cielo, país de toda ilusión y esperanza. Veámoslo junto al agua mansa:
Quise coger los luceros
quise coger esas rosas
que había en el agua mansa
y apretarlas contra el pecho
toquélos y fueron
pero no tengo en las manos
trémulas rosas de plata
más que agua... inútil agua...
¿Veis cómo para el infante, queriendo asir realidades, siempre hay fuga de ilusiones? Queriendo coger luceros en el agua, no le queda en las manos “más que agua... inútil agua...” Siempre una amargura, una melancolía saturando las cuerdas de su lira.
José Ma. Bejarano. / Buga, 5 de Septiembre de 1947