Patria de mi canción
Patria de mi canción, corazón mío,
medidor de mi angustia y desconsuelo;
lámpara en la penumbra del desvelo,
principio y fin de todo desvarío.
Cauce sangriento que contiene un río
que ignora dónde va; ángel sin cielo,
ave sin árbol; corazón, tu anhelo,
es todo tu principio y tu desvío.
Timonel sin timón, mañana oscura,
caracol en el mar de la amargura,
estás cansado sin haber vivido.
¡Corazón! ¡Corazón! Ala sin ave,
te dormirás sin descifrar la clave
de la desigualdad de tu latido.
Llegó como las cosas conocidas
Llegó como las cosas conocidas;
como el viento, la nube o la mañana.
Trajo una voz sencilla de campana
y frescura de tierra removida.
Un espejismo de celeste vida
soñaba la comarca virgiliana
de sus ojos. Ni casta ni liviana;
era sólo una planta florecida.
Fue una rosa con alma ruiseñora.
Era como se dice: “una pastora”
y los rebaños no los conocía.
Fue tan sencilla su pasión, que apenas
comprendió que el amor causaba penas,
sufrió la pena de olvidarme un día.
En el límite gris donde te mece
En el límite gris donde te mece
suavemente la brisa del olvido
te agitas vanamente, cual dormido
niño, soñando que su cuerpo crece.
La flecha del recuerdo no aparece
clavada en el lindero conocido;
tengo pena de estrella que ha perdido
el lago en que su lumbre se florece.
Con este amor y olvido marinero,
en la orilla del tiempo no te espero
anclada en mi horizonte de alegría.
Fuimos todo en la vida y nada fuimos.
Felices nos amamos y partimos
felices, porque nada nos unía.
Templa el cielo la cuerda luminosa
Templa el cielo la cuerda luminosa
de una lumbre temprana; sosegada
el alba por el trino constelada,
baja al húmedo mundo de la rosa.
Hay un casto temblor en cada cosa.
La vida, como el agua en la cascada,
no quiere descender y vuela airada
con infantilidad de mariposa.
El ave, el buey y el árbol se perfilan
sencillamente puros, y destilan
en la mañana un goce transparente.
El corazón arrodillado reza.
Y la tierra se inunda de belleza
nadie sabe dónde, lentamente.
Mujer como palmera estremecida
Mujer como palmera estremecida.
Intacta rosa en actitud de espera.
Paloma en vuelo ciego, reverberas
al fuego de pasión en ti nacida.
Concéntrica, angustiada, definida,
tu sangre en raudo pugilato impera
sobre tu voz, y está tu cabellera
por las manos del aire sostenida.
Exacta en la elación. Equidistante
entre cielo y arcilla. Ya delante
del límite del sueño estás viviendo.
Misterio de mujer ésta que mira,
y que mirando sin cesar no mira
más que a su propio corazón latiendo.
Vengo desde los lindes de tu ausencia
Vengo desde los lindes de tu ausencia.
Borracho con el vino de tu olvido.
Vengo a buscar lo que dejé perdido
al ir tras de tu amor sin mi conciencia.
Ya probé el amargor de la experiencia.
Está ronca mi voz y defendido
mi corazón, que sin querer se ha hundido
en el abismo de la indiferencia.
De tanto recordarte estoy cansado,
y por tener el pecho atormentado
olvidé la canción con que te amaba.
Vete con tu clamor, que yo entre tanto,
haré un collar con perlas de tu llanto
que colgaré a mi puerta como aldaba.
Mujer cercana y mía
Mujer cercana y mía. Pensativo
lirio que mi palabra no conmueve.
Con tu actitud la bestia no se atreve
y sé que por vivirte no me vivo.
Te estás bebiendo toda la ternura
que nace de ti misma. Te circundan
anillos de silencio, y se te inundan
las manos de arroyuelos de dulzura.
Llueve música, luz y poesía;
Y un horizonte de melancolía
limita esta mujer que ya comprendo.
Se aclara la penumbra de tu vida
y miro, al contemplarte conmovida,
el ángel que en tu pecho está naciendo.
Este dolor de amar
Este dolor de amar, quién lo dijera
sencillamente cual se nombra el vino,
con palabras que sepan su destino
como el leño quemándose en la hoguera.
Decir la pena exacta y verdadera
sin que se manche de amargura el lino
de nuestra propia voz, y cristalino,
regrese el eco cuando el grito muera.
Alquitarando el llanto no vertido,
hallar la esencia del dolor vivido
en el duro ejercicio del amor.
Y regresar como quien vuelve apenas
de un viaje nocturnal, y a manos llenas
recoge su cosecha de dolor.
Si un buen día encontrara el sentimiento
Si un buen día encontrara el sentimiento
que traduce la clave de las cosas,
el alma iluminada de la rosa
limpia de arcilla y turbio pensamiento,
no tendría la sangre este ardimiento
tan terrenal, y abeja rumorosa
sería mi voz y no la borrascosa
y sibilante víbora que siento.
Castidad de mañana en primavera
sentiría el corazón si consiguiera
hacer sencillo y diáfano su canto.
Ya no sería semilla de amargura,
ni en el surco donde germina mi pavura
brotarían las rosas del espanto.
Si yo no amara
Si yo no amara, viviría
libre y viajero como el viento;
pero la rosa del lamento
¿qué caminante cortaría?
Por añorar los tiempos idos
siento la aguja de la pena,
y me pregunto: ¿Cómo era
aquel ayer desvanecido?
Fue como andar entre jardines
pero ignorando la ternura
de recoger con mano ruda
un albo ramo de jazmines.
Hay unos ojos
Hay unos ojos, pienso en ti.
Miro la tarde que camina,
el tiempo enrolla su cordel.
No aletearán entre tus manos
rayos de sol y tus pupilas
no harán memoria de la luz.
Hay unos ojos y unas manos
ronda de pena y de ilusión.
El lento giro de las horas
que no dolían al caer,
era tan alto el pensamiento
y tan sumiso el corazón.
Dadme una flauta
Dadme una flauta
no quiero un instrumento
sino un camino hacia las viejas voces.
Oigo que músicos farsantes
(mientras el hombre se arrodilla
para olvidar que viaja hacia la muerte)
hablan de una princesa pálida
que murió de olvido.
Dadme una flauta
libre de cantinelas melancólicas,
de llanto por la ausencia de un lucero.
Lo triste está en nosotros,
no en la manera de mirar el agua.