El Fondo Editorial Universidad Eafit, de Medellín, ha puesto en circulación dos poderosos volúmenes que recogen la obra periodística de Héctor Rojas Herazo, publicada en diarios y revistas del país entre 1940 y 1970.
Un verdadero sabueso, más que roedor de bibliotecas, el poeta Jorge García Usta, se dio a la formidable y grata tarea de rastrear en los viejos folios de la prensa nacional el genio anticipatorio, y diverso, de quien desde la narrativa, la pintura y la poesía, montó su trípode o su “caballete mágico", para decirlo con Rimbaud, desde el cual nos entregó una visión cosmopolita de la cultura, en un país con rezagos virreinales.
Como periodista, Rojas Herazo es un maestro de la síntesis. Le bastan unas cuantas pinceladas para atrapar paisajes geográficos y mentales, libros y acciones, memoria e intuición, tradición y transgresión.
Cuando señalo el carácter anticipatorio de algunas notas de Rojas me refiero, casi privativamente, a lo que atañe con autores que luego de algún tiempo habrían de volverse moneda de uso, lecturas recurrentes o de culto. ¿Ejemplos? En 1949, en un comentario escrito en el diario “El Universal”,de Cartagena, al hablar de García Márquez, lo señala como “el primer cuentista nacional" de aquella hora, algo que con el paso de galgo del tiempo, todos reconocemos ahora como un hecho insoslayable.
Otro ejemplo de cómo era un adelantado de las letras, se evidencia tras la lectura de su nota sobre Edgar Lee Masters, al que tal vez en uno de los pocos errores tipográficos de estos volúmenes se le suprimió la s. Quizá ocurriera por el inconsciente rango de maestro (master), del poeta norteamericano. Es un texto a propósito de la muerte del gran fraguador de epitafios, acaecida en 1950, a los 81 años. Esa especie de anti-Whitman, que no tiene ni su vitalismo ni su acento de predicador, ni siquiera llegaba por esos años a ser un autor de culto en Colombia.
Notas periodísticas sobre “un ensayista nato”, Baldomero Sanín Cano, revelan al lector atento que había en el poeta de Tolú, y al crítico que anidaba en él. Como recordando a Schlegell y aquello de que “un crítico es un lector que rumia', y que por tanto “necesita varios estómagos", Rojas parece macerar una y otra vez en su prosa castigada y nerviosa, sus reflexiones.
Pero no sólo nos habla de autores y de una cultura del libro. Hay verdaderas piezas maestras sobre el paraguas, sobre abril, el mes más cruel según otro poeta de las tierras baldías, un mes del que nuestro poeta previene a los líricos porque han convertido a ese mes en una suerte de “San Sebastián de la poesía” que está “lleno de heridas retóricas por todas partes”. Y otras notas sobre el circo o sobre la danza, sobre la cursilería y la cumbiamba.
Son una poderosa muestra de malicia literaria su perfil de Charlot, sus apreciaciones de la prosa eficaz de Marta Traba, o la semblanza de “un bello animal parlante”, María Félix, una mujer que según el cronista hacía que muchos espectadores no fueran a ver una película, a seguir una trama, sino a verla a ella en toda su magnificencia. A ella y sus cejas arqueadas. A ella y su voz pedregosa.
Hay textos que son pequeños y agudos ensayos. “La palabra de Vallejo”, por ejemplo, como tantos otros escritos recogidos en esta obra, es algo más que una nota de prensa. Es un ensayo penetrante sobre el alma del poeta peruano y sus tratos con lo desconocido. Ni qué decir de su perfil del padeciente Francisco de Goya y Lucientes, el sordo que oía con los ojos la historia dramática de España, las descargas contra los fusilados y los sueños de la razón que ya sabemos qué producen. Seres de aquelarre, o dudas de la misma materia del sueño borrascoso que vuelve a aparecer en su artículo sobre las tres carabelas, donde afirma que ellas, las naves legendarias, no venían sobre el mar sino sobre el miedo.
Es un feroz contubernio esta obra. Una promiscuidad de belleza y reflexión. Tras leer una nota sobre Búfalo Bíll y sus polainas de hule, el Poverello de Asís es rastreado en medio de la hermandad de las bestias. Nada escapa al interés del poeta trocado en periodista.
No se puede más que hacer un sumario registro de las preocupaciones morales y literarias que cohabitan en el periodismo de Héctor Rojas Herazo, para invitar a la lectura de sus dos volúmenes. Son un par de libros, que podrían ser el mayor aporte editorial en lo que corre de este naciente siglo y, qué duda cabe, de todos los tiempos desde que el libro es libro en Colombia.
Hay tramos en los que encontramos adelantos, más de atmósferas que de sucesos, de lo que tendría ocurrencia en su posterior narrativa. Los dos libros suman 1.198 páginas y, aunque sea un libro para leer a sorbos o para
consultar, creo que quien lee el primer texto está perdido: ya quiere leerlos todos, gozarlos, subrayarlos, comentarlos, como quien va descubriendo el hilo de un laberinto de ideas, de guiños y festejos.
¿Cómo diablos, me pregunto, he pasado varias noches en vigilia ante estos libros de Rojas Herazo, sin poder desprenderme de ellos, como quien encuentra una tabla en el naufragio, una aguja en el pajar? Me lo explico de la manera más sencilla. Pocas veces en nuestro periodismo, y sin echar mano de Luis Tejada o de Jaime Barrera Parra, para señalar una dupla de virtuosos de la lengua absuelta, atemperada en el suceso y en los hechos cotidianos ennoblecidos por una visión personal, puede uno encontrarse con tanta riqueza de formas y con tanta pluralidad de contenidos.
Juan Manuel Roca