“Restauración de la Palabra ” |
Andrés Holguín Eduardo Gómez acaba de publicar “Restauración de la Palabra ” –en una hermosa edición de Antares- Tercer Mundo, con seis magníficos dibujos del maestro Augusto Rivera_, pequeña, intensa colección de poemas. Este libro sitúa inmediatamente a Eduardo Gómez –en medio de tanta poesía débil o vaga o insípida o falsamente audaz-en un sitio aislado, y señero. La calidad del poeta se advierte aquí –como en tantos otros casos excepcionales- en el mundo propio, característico que crea. Suscita un universo cerrado, un conjunto de formas y de emociones, de relaciones anímicas, de focos de irradiación, de pensamientos subyacentes, de tácitas correspondencias. Para crear ese mundo –para recrear el mundo vivido y la experiencia que lo define- se requiere un nuevo vocabulario. Un nuevo signo. Un nuevo lenguaje poético. En realidad, un idioma propio, inconfundible, que es, a la vez, el instrumento revelador de ese universo personal –hondo, amargo y tierno, elemento pero abierto a todas las inquietudes actuales- y el forjador de ese misterioso universo. Cada poeta, así, inventa su propio lenguaje, cifrado, nos revela las zonas emotivas por las cuales transitó, nos las devuelve, depuradas y asimiladas cada vez más profundamente, en la parda superficie del verso. ¿Del verso? El de Eduardo Gómez, para ajustar la expresión a su extraño mundo y a la divagación y al brote tierno y a la exigencia del amor y a la presencia cotidiana y patética del morir, es un verso eminentemente libre, amplio y flexible, recónditamente musical, siempre sugerente. A través de esta lírica –apenas cauce de sí mismo, herramienta de su vida intima- se descubre, nada más, nada menos, un hombre inscrito en nuestro mundo contemporáneo. Es un conjunto de poemas que solo han podido ser escritos en nuestra tremenda época y por un hombre que ha vivido, en su raíz, en su raíz de tumulto e insubordinación, de dolor y parto colectivo, de angustia innominada, ese mundo, nuestro, y ajeno. No obstante ello, nos parece que los poemas más logrados, por lo mismo perdurables, de este libro especialmente significante y revelador, son aquellos en que el poeta, absorto en su soledad o entre multitudes, abismado en su reflexión sobre el hombre, sobre sí mismo, apegado al lazo de lo cotidiano, a esa vulgar ralidad que esconde misteriosamente la poesía, o mejor dicho, que es la poesía misma, nos traduce su recóndito ser, saturado de amor y odio, de tedio y pasión, de dulzura repentina y repentinos sobresaltos, de fraternal comprensión y sombrío escepticismo. Como siempre, esta poesía está ubicada más allá de lo que el crítico puede decir o balbucir, y solo su esotérico lenguaje –la prolongada lectura y relectura de estos poemas hondos y densos- es capaz de traducir su propio mundo. Ese es el milagro, el secreto de la poesía. Y de cada poeta. |