Eduardo Gómez o la reflexión poética

Germán Espinosa

Existen libros que, al ser releídos al cabo de años, parecen asaltarnos otra vez con la frescura de lo inédito, con el aroma de lo reciente.

Libros, en fin, que no envejecen. Me gustaría ensayar alguna vez, fundado en esa experiencia, una definición de lo perdurable. No siempre nos orientan bien los presentimientos hacia el encuentro de esa felicidad, que a ratos parece investirnos de un poder de resurrección. Al decirlo, evoco numerosos fracasos y desilusiones; relecturas de mis coetáneos no han resultado a menudo felices. Por fortuna, las excepciones acaban por presentarse y la reedición, por estos días, de la totalidad de los libros de poesía de Eduardo Gómez ha vuelto a inundarme de esa sensación de rehallazgo, de renovada revelación.

El compendio, titulado Poesía, 1969-1985, ha sido impreso por Ediciones Tercer Mundo y estrena en las librerías su frontón con la minotauromaquia de Picasso. Yo dije alguna vez que, de entre los poetas colombianos nacidos con posterioridad a 1930, ninguno excitaba tanto mi interés como Gómez. Hoy, recorridos ya con toda la necesaria serenidad de los cuatro libros incluidos (tres reeditados y uno inédito), puedo volver a afirmarlo. Dudo que nadie mejor que este poeta de una cierta discreción antigua, enemigo del ruido publicitario, haya sabido condensar en palabras – en sabias palabras – el regusto amargo o ácido, de fracaso histórico, que la segunda mitad del siglo XX ha dejado en labios de aquellas generaciones colombianas que, en este período, asomaron y quisieron actuar en la vida de la nación.

En Colombia ha predominado, por lo que a la poesía hace referencia, una retórica de sensaciones, aún en autores tan vigorosos como un Silva, un de Greiff, un Barba-Jacob, un Aurelio Arturo. Con Eduardo Gómez, por primera vez escapamos de ese círculo de ondas morosas y adormecedoras. Retrata, ara sí, de un poeta que quiere erigirse en conciencia ante el universo, única posición que enaltece verdaderamente el oficio literario. Cada vez más en este sentido, la poesía de Gómez procura objetivar las propias emociones y analizar el mundo exterior. Lejos nos hallamos, pues, del alarido agonista de Barba Jacob, de la extática autocontemplación de De Greiff. El poeta actúa en función del universo y de los hombres, y sabe que es un producto social en sus facetas más extrañas u originales.

Hace dieciséis años, Gómez cerró el primero de sus libros proclamando con angustia, pero quizá también con esperanza, que solamente la palabra que pusiera en peligro el poder de los tiranos y de los dioses era digna de ser pronunciada o escrita. La obra, Restauración de la palabra , era, por una parte, una especie de inventario lúcido de la confusión, si se me excusa la paradoja, y por la otra, un censo de frustraciones sociales vertido en imágenes de solo aparente individualismo, pues quien hablaba en últimas no era el poeta únicamente, sino todos sus coétaneos, atrapados entre las tenazas opresivas y frustrantes del Frente Nacional. Pocos poemas colombianos me han golpeado tanto como aquel con que abría, Réquiem sin llanto , en el cual comienza a apagarse la memoria de un hombre, porque “nuestro mundo solamente ama / aquellos muertos que le han dado más vida”, y porque una existencia que fue inocente no puede constituir, más allá de su mueca final, otra cosa que unas sonrisa o un eco melodioso que se alejan. A partir de allí, la obra avanzaba como si evolucionara en volutas, escudriñando hermandades y recodos de nuestra miseria vital, en donde nada tiene sentido y acecha la muerte absurda; en donde “hemos confiado demasiado en la palabra olvidando la violencia del dinero y de las armas”; en donde “hablamos de leyes de la historia / y olvidamos a los hombres que la hacen”; en donde en fin, “condenamos al verdugo instalados en las bibliotecas / y golpeamos al amigo delante de todos en mitad de la calle”.

En su segundo libro, El continente de los muertos, originalmente publicado en 1975, Eduardo Gómez no abandonó aquella concepción de su misión poética, aquel deseo de anegar las conciencias con la luz fustigante de la poesía, pero ensayó un repliegue hacia lo más hondo y menos evidente del espíritu colombiano y latinoamericano. A lo largo del volumen, va emergiendo la cara oculta de nuestro continente, pues se trata de una exploración en el inconsciente de un pueblo que ignora los fantasmas atávicos que actúan en su presente esclavitud: el prejuicio religioso, la libido reprimida, la opresora legalidad heredada de España, el culto a la muerte, el amor a la enfermedad… A los incautos podría, acaso, antojárseles un libro hermético ya que incursiona por paisajes sellados, portando aquel horror que encubren la eglógica apariencia y la mentida alegría de nuestra tradición hispánica, en la cual “en las casas que el atardecer sumerge en sangre / un niño crece desnudo entre arañas ardientes”. Es como si Gómez quisiera exhumar la sombra misma y traerla a la luz. Toda esa pesquisa ha sido enmarcada por el poeta entre dos piezas que son como pilares o puntales: el primer poema, Santos y criminales , rechazo estremecedor del Dios cristiano que predica la futura salud celestial en la enfermedad, y el último, Nuestro amigo el Mesías , en el cual el Enviado no es ya portador de una lumbre metafísica, sino que vendrá a derrotar a los cielos y a la tierra.

Gómez nos ha planteado, pues, una poesía revolucionaria desnuda de slogans y de carteles. Que no se hace en nombre de una ideología, sino de una verdad humana. Cabe preguntarse, sin embargo, si en los dos libros que cierran este primer ciclo recogido por Ediciones Tercer Mundo ( Movimientos sinfónicos y El viajero innumerable) el poeta depone un tanto su rebeldía en aras de la consolación filosófica. Hay en ellos una atmósfera metafísica, una búsqueda nietzscheanana de las cumbres. A veces, da la impresión de que Gómez ansiara hundirse gozosamente en la desesperación, pero es lo cierto que sale siempre a flote, a menudo en brazos del amor o de la belleza. Sartre dijo alguna vez que la libre elección que hace el hombre de sí mismo se identifica absolutamente con aquello que llamamos su destino. Gómez no titubea en afirmar que aquello que elegimos, ya nos ha elegido; que “solamente existe en verdad el oficiante,/ el elegido por cadenas de sucesos infinitos hacia atrás”; que “poseemos demasiados recuerdos / y pocas esperanzas”, Cierto que nos pide no mendigar, sino tomar; no lamentarnos, sino gritar; no orar, sino cantar; no contemplar, sino participar. Cierto que en el poema Tierra virgen hay una apología de la rebelión, encarnada en la magra figura de Simón Bolívar. Pero Gómez ha comprendido que sobre nuestros muertos ha caído ya mucha lluvia; ha llegado a la certidumbre desencantada de que sólo en el destierro seremos nosotros mismos y de que cargaremos inexorablemente allí la cruz que nos guardaba. Pienso que Gómez ha llegado al inexorable, al inteligente y al, a veces, espléndido escepticismo que empieza a despuntar en nuestra poesía más joven, no como un presagio de derrota, sino como anuncio de que el fracaso sólo puede ser conjurado eliminando toda fe inocente y toda improcedente esperanza.

Quisiera agregar aún mi perplejidad ante la sostenida indiferencia de la crítica nacional por aquellos autores que, como Eduardo Gómez, testimonian un proceso vivido, lo auscultan, lo interrogan. Ellos, que son la verdadera sustancia de nuestra posible literatura, siguen siendo sistemáticamente menospreciados, en tanto se exalta cada día más lo fácil, lo inmediatista, lo sujeto a fórmulas de éxito banal. En un paisaje de poetas a medio hornear o de meros aduladores del gusto corriente, Eduardo Gómez se me presenta como un ejemplo de madurez y de probidad intelectual, que ojala sea advertido por las juventudes, si es que desean rescatar el alto sentido de la poesía, la dignidad de sumisión.