Poemas de amor
No sé si es apropiado el término en este lugar y en este contexto y ante este público, pero sí quisiera expresar mi respeto y mi admiración por el valor civil que ha dado Darío Jaramillo Agudelo con la publicación de este nuevo libro. En efecto, creo que llamar Poemas de Amor a un libro que contiene, además, varios y magníficos poemas de amor, es un gesto valeroso; quizás también un gesto desafiante. El desuso de la palabra, su evidente descrédito, la aureola un tanto soez y un mucho infame, la han rodeado durante algún tiempo. Por razones cuya suma total es difícil de establecer es una palabra que ha estado proscrita. No todas esas razones son tortuosas y problemáticas ni lo son para todo el mundo. Hay una al menos que aparentemente carece de misterio y es el abuso a la que la sometieron largas generaciones de malos y de buenos poetas, de aspirantes al título, de ilustres detentadores de ellos.
Nostalgia, dicho sea de paso, no es tampoco un término que atraviese por su plenitud literaria. Se la asocia en estos días más con experimentos publicitarios, con la forma de un mueble o de una falda, con un perfume, con un desodorante, si se quiere, que con otro contenido más hondo, menos cronológico, más referido al tiempo personal. Es importante que Darío Jaramillo trate de restaurar esos dos términos y de reivindicar una y otra palabra, pues en ello hay una actitud tanto de coraje civil —virtud admirable— como de coraje poético que quizá sea más escaso y que es de seguro más precioso y no sólo en razón de su escasez.
En este libro tan brillante, Darío Jaramillo reivindica, restaura términos que han sido envilecidos por un mal uso. Términos, y hablo de modo puramente verbal, no quiero referirme a su contenido sentimental, ni moral, no particularmente afectivo. Cuando me refiero al descrédito, a la minusvalía de la palabra amor, me refiero es a la palabra, no a lo que pueda haber, a lo que ha habido, a lo que quizás habrá detrás de esas cuatro letras. Por lo demás, eso es una perplejidad que los poetas de nuestro idioma han estado experimentando hace largo tiempo. Yo recuerdo, por ejemplo, esa expresión de Luis Cernuda que dice “si el amor no es un hombre, una experiencia inútil de los labios...” etcétera, etcétera, en ese hermoso poema que se llama Apología... que es el mismo titubeo pero ya no tan titubeante a que se refiere también Darío cuando dice “vano intento decir el amor”. Tal el elemento central de la admiración, del disfrute, del júbilo intelectual que este libro me ha producido y que supongo que produce, es naturalmente no sólo el enfrentamiento del autor con este par de términos, sino también su enfrentamiento, en general, con el lenguaje.
A mí me parece que hay un conato de poesía que se comunica en forma directamente verbal, no escrita, en estos versos escritos, en estos versos publicados de Darío Jaramillo. Por lo demás, esa es una antiquísima preocupación, una antiquísima voluntad, con la cual la poesía ha forcejeado y se ha enfrentado muchas veces, ha prescindido de ella, en forma literal, la ha rescatado y lo que yo le encuentro ahora admirablemente reactualizada en el libro de Darío. Hay una expresión muy elocuente de Ben Jonhson dramaturgo inglés que dice: “habla para que pueda verte”. Yo siento un poco así la repercusión, la dimensión del lenguaje de Darío Jaramillo en estos versos. Es tan directamente personal, tan directamente comunicativo, tan libre de mediaciones retóricas, de mediaciones culturales —entre comillas— que es un intento y un logro de una poesía directamente comunicativa que no por eso necesariamente es dialógica, no presume un interlocutor sino simplemente un preciso, término de referencia a quien están dirigidas las palabras y de quien necesariamente no se esperan las respuestas, yo diría que preferiblemente no se espera una respuesta. Luego de ese lenguaje que creo yo percibir en estos poemas de Darío Jaramillo, no es desde cierto punto de vista tan totalmente comunitario sino muy individual, una relación muy bilateral entre un poeta y alguien que lo escucha y de quien no se espera una respuesta sino la pasividad o la mera atención activa, sin respuesta de un ser humano.
Esa interpersonalidad del discurso del alma, de la comunicación directa, me parece muy valiosa no solamente como creación subjetiva de un escritor, de un poeta, sino porque también en la serie de poemas de este libro de Darío Jaramillo, logra por consecuencia una hazaña que para mí es altamente benéfica e interesante dentro del quehacer poético nuestro, del quehacer poético comtemporáneo, que es ése, el de hacer, el de tratar de hacer, con papel, con un poster, una cosa escrita, algo forrado, algo que sin embargo es verbal y que trata de crear para la literatura un lenguaje verbal, auditivo que no es ni cordial, ni populista, ni simplista, sino que es muy precisamente poético, muy precisamente literario sin ninguna condescendencia a la falsedad trivial, a la ordinariez deliberada que a veces se le imprime en la transcripción escrita al lenguaje oral, sino que es un lenguaje puro, sin pedanterías, un lenguaje no digo ascético, porque el término ascético me parece muy programático, muy pedante, sino sí muy concentrado, muy respetuoso, muy responsable, de una parte de ese material que nos es presuntamente común a todos como son las palabras y muy responsable de la utilización que como poeta personal, como poeta individual, como creador de una obra, quiere darle a esas palabras Darío Jaramillo.
Hernando Valencia Goelkel