Entre la plenitud y la carencia
Además de narrador y cronista de su propia historia, Darío Jaramillo (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 1947) es uno de los poetas más interesantes de Colombia, pues en sus versos confluyen la energía de lo mundano, el rigor de la escritura, la oralidad y la reflexión, la confesión del tacto y la sugerencia de los signos. Lo conocí en su oficina de la Subgerencia Cultural del Banco de la República, ubicada en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en donde el tráfago estudiantil le otorga una dinámica muy vital a lo cotidiano, aun cuando él permanece resguardado en otra área menos bulliciosa. Razones del ausente, Aunque es de noche e Historia de una pasión fueron las publicaciones que me permitieron comprender su poesía.
Darío Jaramillo es la imagen física de su escritura, pulcra y elegante; nos recibe con gestos de amabilidad y simpatía mesuradas, pero sabemos que detrás del funcionario está el poeta, el hombre que se desbarranca en sus noches de insomnio, en la vorágine literaria, entre fantasmas que nos hablan de la Historia de una pasión. Así es como damos paso a esta curiosidad inacabada.
Refieres tu infancia, en diversos poemas, como un momento existencial iluminado, feliz, pleno de acontecimientos sencillos y extraordinarios como el olor de la lluvia, de los árboles frutales (duraznos) y “como aquel territorio desconocido de la muerte (...) a todo esto que soy yo y que ya no es mío” (De nostalgia I). ¿Qué tanto aludes al proceso personal del hombre que abandona el paraíso de la inocencia y de la tutela familiar, y qué tanto a la historia de un país que se desboca en la violencia y a la descarga cruel del asesinato de su propia cultura?
Viví una infancia feliz. La memoria de mis años en Santa Rosa –y después de los siete en Medellín- es exultante. A veces llego a creer que me mantenía en el mismo estado de embrujo que, de adulto, me equivale a emoción poética. Lo que intentaba en los poemas De la nostalgia era verbalizar alguno de esos momentos y nada más.
De cualquier manera hay en tu escritura un tono evocativo que reclama otra época y otras circunstancias. ¿Cómo nace en ti el interés por la literatura y en particular por la poesía? ¿Cuál es el entorno familiar y social en que emerge? Mi padre es comerciante. Tiene un almacén. Mi madre siempre ha trabajado con él. En las vacaciones del colegio y de la universidad y en algunas épocas de mi vida, he trabajado en Almacenes El Mar. Además de comerciante, mi padre es un buen lector. En mi casa siempre hubo libros. No tengo hermanos de modo que aprendí desde niño divertirme con los libros. Mi abuelo me contaba historias que me hacían levitar. Mi padre me leía y me decía versos. Desde muy temprano –hasta hoy-- he sido un devorador de novelas. Creo que descubrí muy niño el poder alucinatorio de la palabra. Ya adolescente leí poesía y quedé contagiado
“La poesía: este consuelo de bobos sin amor ni esperanza, borrachos por el ruido del verbo, aturdidos por cosas que significan otras cosas, sonidos de sonidos” (de El oficio).
¿Qué poetas se hallan presentes a la hora de emprender el vuelo escritural, qué fuerzas intelectuales guían tus pasos y aspiras a emularlos?
Como a los diez u once años, aparte de las lecturas más constantes, que eran los mismos que todos hemos leído, una lista larga y variable que siempre se encabeza con Stevenson, Verne, Salgari y Mark Tawin, yo tenía algunos poemas favoritos que leía y releía y ya casi me sabía de memoria. Eran más, pero ahora recuerdo uno, descubierto por mí en una vieja revista Bolívar entre un comentario de don Fernando Charry Lara sobre Jorge Luis Borges, el poema era el que empieza “patio, cielo enjaulado”. Entre los poemas intercalados en los textos del colegio había uno que me parecía maravilloso, todavía hoy lo leo con asombro, el Nocturno de José Asunción Silva, “una noche, una noche toda llena de murmullos y de música de alas”.
Los detonantes para que yo empezara a intentar versos
aparecieron, invento una fecha aproximada, a mis 15, 16 años, por
ahí en 1963, y fueron el descubrimiento del Canto a mí
mismo de Walt Whitman y de las Obras completas de León de Greiff,
que editó Alberto Aguirre, el librero donde mi padre me autorizó
para pedir libros. No he vuelto a ver esos primeros cuadernos pero ahora
los recuerdo como una mezcla de las dos cosas, versiculares, muy directos
y personales –a lo Whitman-- y con palabras inventadas a lo De Greiff.
Luego, más grandecito, ya de poeta joven en Bogotá, descubrí
los poetas emblemáticos de mi generación, los papás
de todos, Pessoa, Cavafis, Borges, Cernuda --nombres capitales para mí--.
Leí otros, que también circulaban con insistencia, pero que
--ahora puedo confesarlo-- me interesaron menos, como Lezama Lima y Octavio
Paz. Me interesé por la poesía colombiana. Y nunca dejé
el vicio de las novelas y narraciones. Adoré --adoro-- a Cortázar,
a Arreola, a Rulfo, a Melville, a Poe, a Salinger, a Italo Calvino, a García
Márquez, a Felisberto Hernández. Inventé mi propio
canon de clásicos: la mil y una noches, el Quijote, Tristam Shandy,
Gargantúa, todo Sthendal, todo Flaubert, todo Conrad, Montaigne...
digo nombres de memoria siempre con el temor de olvidar a alguien esencial.
Te ubican como un poeta de la Generación sin nombre ¿podrías contar un poco la historia o la anécdota de esta definición o clasificación? sobre todo para los no colombianos que desean entender un poco más la lógica de ese momento literario en tu país.
En 1966 llegué a Bogotá a comenzar la universidad. Fui conociendo a los poetas jóvenes. Los núcleos eran la página Vanguardia, que dirigía María Mercedes Carranza, y la revista Arco, donde trabajaba Juan Gustavo Cobo Borda; poco después Cobo trasteó sus reales a la Librería Buchholz y a la revista Eco, y desde allí enviaba selecciones de versos de poetas jóvenes a los periódicos y revistas. Una de estas páginas, aparecida en El Tiempo, fue titulada por Álvaro Burgos algo así como “una generación en busca de su nombre”. Posteriormente, en 1970, el poeta español Jaime Ferrán publicó un volumen en la colección Adonais que llamó Antología de una generación sin nombre. Hace algunos años elaboré un, todavía borrador, sobre la historia de la poesía en Colombia. Al tratar de establecer elementos para una lectura histórica encontré que, durante el siglo XX, los relevos generacionales se presentan cada diez años, de modo que al llegar a mi generación preferí abordarla como “nacidos en los cuarenta”, una designación que abarca poetas que nunca estuvieron incluidos en las publicaciones de la generación sin nombre. Por otra parte, en cuanto a estos últimos, observo más diferencias que semejanzas en sus poemas.
¿Qué comparten y qué rechazan del nadaísmo?¿ Cuál es el efecto que hizo en ti ese movimiento de vanguardia tan tardío, pero tan cercano a fenómenos como la generación beatnik de Estado Unidos?
Así como los poemas son diferentes, lo que piensan mis coetáneos de la poesía también es distinto. Puedo hablar por mí. El nadaísmo surgió con escándalos públicos en la pacata Medellín donde yo crecía como estudiante del colegio de san Ignacio. En la librería Aguirre conocí a Gonzalo Arango, el fundador. Me sorprendía el contraste entre una persona tan encantadora, tan dulce, y los manifiestos tan agresivos que escribía. Ahora, cuarenta años después, haciendo el balance, puede decirse que del nadaísmo salió uno de los más notables poetas colombianos del siglo pasado, Jaime Jaramillo Escobar.
En la trayectoria que marcan tus cuatro libros de poesía pueden leerse líneas muy claras de la sensibilidad que los empuja. Puede ser el tema o puede ser la carga emocional que los conduce, pero hay, desde Historias, una lucha recurrente entre Eros y Tanatos. Puede pensarse que sucede como en cualquier poeta, y ello es cierto, mas lo tuyo adquiere un acento particular debido a la nostalgia de la muerte o sus texturas (si piensa uno en la plástica) y una invocación-evocación al amor y sus voluptuosidades, al amor carnal en apariencia, pero de trasfondo espiritual, que genera un vacío que emerge como dentelladas en busca de su inmediatez física. ¿Cómo describirías el juego, por decirlo de alguna manera, de estos dos extremos de la naturaleza que transitan por la razón y la emotividad de tus poemas?
Leyendo tu pregunta recuerdo lo que dice Monterroso, cito de memoria, que los únicos temas de la literatura son el amor, la muerte y las moscas. Yo no he escrito sobre éstas, pero en compensación con el mundo zoológico, desde hace rato me ronda un conjunto de poemas sobre los gatos. Creo que soy un tipo silencioso, que pasa solo la mayor parte de su tiempo libre, haciendo nada, durmiendo, leyendo o escribiendo. He escrito poemas de amor cuando he estado enamorado, montones, y del arrume dejé catorce. Es muy difícil escribir poesía cuando uno está enamorado. Es muy difícil hacer cualquier cosa mientras uno está enamorado. Mientras uno está enamorado no puede sino estar enamorado. Visto desde afuera, es como una prisión. No me deseo estar enamorado.
La paradoja consiste en que, mientras las cosas funcionan, uno disfruta mucho cuando está enamorado. Me confunde que menciones la muerte. Conjeturo que soy un individuo bastante desconcertado. No entiendo muy bien lo que llamamos realidad. Y tampoco sé quién o quiénes soy. Todo me cambia a tal velocidad que no alcanzo a captar y cualquier asunto que aclare de mí, es rebasado por el tiempo. Cada descubrimiento es una cancelación y sólo se conjuga en pasado, sobre alguien que posiblemente fui. De la muerte sé menos. La sé segura pero no sé en qué consiste. Le temo y temo las heridas de mis duelos. Temo cuando apunta cerca de mí. En este punto, diría que el asunto está en encontrar las palabras, los ritmos, los silencios, los tonos que conviertan en poesía esos desconciertos, esas preguntas, esas visiones, esas dichas y temores. Porque el asunto de la poesía son las palabras.
Tuviste un percance que refiere Eugenio Montejo, en el Prefacio de tu libro Aunque es de noche, a partir de algunas notas tuyas, supongo que en Historia de una pasión, cuando perdiste un pie o parte de una pierna y estuviste al borde de la muerte y que ello te hace en gran medida el protagonista de “Razones del ausente”, ese que exclama:
“Díganle que en ciertas mañanas llenas de luz
y en medio de tardes de piadosa lujuria y
también borracho de vino en noches de lluvia
siente cierta alegría pueril por su inocencia y
díganle que en esas ocasiones dichosas habla a solas.”
¿Podrías abundar sobre el significado vivencial y literario de ese hecho que marca tu mirada sobre el tiempo que se vive y el que se dejó de vivir, pero se continúa añorando?
Escribí Razones del ausente en 1975, mucho antes de que fuera amputado de la pierna derecha a principios de 1989. Al salir de la clínica, después de casi cuatro meses, escribí un poema directamente relacionado con el asunto: Desollamientos …the seafaring man with one leg… (R.L. Stevenson). Sin pie mi cuerpo sigue amando lo mismo y mi alma se sale al lugar que ya no ocupo, fuera de mí: no, no hay aquí símbolos,el cuerpo se acomoda a la pasióny la pasión al cuerpo que pierde sus fragmentosy continúa íntegro, sin misterios incólume.Contra la muerte tengo la mirada y la risa,soy dueño del abrazo de mi amigoy del latido sordo de un corazón ansioso.Contra la muerte tengo el dolor en el pie que no tengo,un dolor tan real como la muerte mismay unas ganas enormes de caricias, de besos,de saber el nombre propio de un árbol que me obsede,de aspirar un perdido perfume que persigo,de oír ciertas canciones que recuerdo a fragmentos,de acariciar mi perro, de que timbre el teléfono a las seis de la mañana,de seguir este juego.
Esa línea tomada de un verso de San Juan de la Cruz que utilizas como epígrafe: “Su claridad nunca es oscurecida/ y sé que toda luz de ella es venida/ aunque es de noche.” ¿Cuánto de ti, de misticismo, de soledad espiritual hay en esa imagen?
En parte, creo, ya te respondí antes. A estas alturas de mi vida, no tengo respuestas para nada. Me siento por completo ajeno al sistema de valores que impera en el mundo, desconfío de mí en particular y de la criatura humana en general. Te dije que soy un tipo solitario y silencioso. Disfruto de ambas cosas. Y gasto buena parte de mi tiempo escribiendo. Necesariamente, en la escritura plasmo esos conflictos y, aun disfrutando con intensidad, añado otro conflicto más con la escritura, la percepción de que nunca acabaré de aprender el oficio.
Tu poesía, tal como lo señalan algunos de tus críticos y compañeros poetas (ejemplo, María Mercedes Carranza), se aleja de una preocupación retórica para instalarse preferentemente en un plano de circunstancias, acontecimientos, anécdotas personales, íntimas. Es, desde el ángulo de mi propia lectura una poética que se aproxima a la inmediatez del habla, pero su origen cronológica e intelectualmente acusa formas que persiguen equilibrios estructurales y verbales. ¿Cuánto hay de conciencia o de coincidencia en tales juicios y observaciones? Es decir, en lo formal ¿cuál es su intención poética?
Creo que la intención poética, ese sustrato retórico que nos conduce, que puede darle unidad a un conjunto de poemas o a un libro, en mi caso ha ido variando. Desde el principio me han interesado los poemas narrativos, encontrar la manera de trasmitir la poesía de una situación. En cierto momento, en el Tratado de retórica, yo estaba fascinado con Nicanor Parra, con Macedonio, con Ramón Gómez de la Serna. En los Poemas de amor me interesaba la simplicidad absoluta, la economía verbal, el camino más corto con la condición de que no fuera una trocha recorrida. En Del ojo a la lengua tenía que inventar unos mundos autónomos, asidos a los grabados de Roda, pero que pudieran funcionar independientes de los grabados. Reconozco como un interés constante el que señalas, la inmediatez del habla. Siempre me ha obsesionado. Y hace poco tropecé con una cita de Eliot que comparto en su integridad: “toda revolución poética tiende a ser, y a veces proclama ser, una vuelta al habla común”. Esa atención por el tono, las repeticiones, las texturas y las imágenes del habla está presente, sobre todo en Cantar por cantar.
Estamos de acuerdo en que la escritura es un instrumento que nos permite crear lo que esté al alcance de nuestras aptitudes y talentos. Cuéntame, entonces ¿cómo conduces y navegas en las aguas de la escritura que va de la novela, del ensayo, del cuento a la poesía?
Desde el punto de vista de lector siempre persigo lo mismo, la emoción poética, el rapto que me saca del tiempo, que me transporte. Eso le pido a un poema y es lo mismo que quiero cuando leo cualquier prosa, una novela, un ensayo. Que me golpee en ese lugar indeterminado entre el plexo solar y el alma, ese aire que pide la boca del estómago, que es como repercute en el cuerpo la poesía.
Como te dije, estoy escribiendo versos desde la adolescencia. Y, a pesar de ser un compulsivo lector de novelas, tardé en llegar a escribirlas. La primera, La muerte de Alec, es una historia real de la que me tenía que deshacer; intenté poemas, quise redactar una narración en tercera persona y no lograba soltarla; hasta un día en que comencé una carta que, editorialmente, está disfrazada de novela. La amputación de mi pierna derecha me cambió el diseño físico; ahora me viene mejor la quietud que el movimiento. Eso me volvió todavía más recogido, más sedentario, en suma me adecuó para la concentración y la continuidad de la escritura de novelas. En el mismo 1989 comencé Cartas cruzadas en la que tardé como cinco años. Después siguieron Novela con fantasma, Memorias de un hombre feliz, El juego del alfiler, todas novelas cortas.
Tengo en la nevera otra novela corta, Eclipse de cuerpo y hace tres años estoy metido en una, tan extensa como Cartas cruzadas, que ignoro si sea capaz de terminar, La voz interior.
Lo que más me gusta hacer es escribir. Mientras la espalda no comience a molestar, puedo pasar horas y horas, sin sentirlas, redactando un texto o corrigiéndolo, buscando una palabra que sé que existe pero que no hallo. De lunes a viernes trabajo en un banco y los viernes me encierro hasta el lunes siguiente a trabajar en lo que esté haciendo. Los poemas no tienen horario y, cuando aparece un verso, un tema, lo anoto en un papelito para trabajar luego en él. Al contrario, la escritura de novelas exige una continuidad, una cierta disciplina que no es tal porque no me exige ningún esfuerzo y es algo que me produce mucho placer.
Reúno los poemas en unas libretas y los guardo largo tiempo para volver sobre ellos. Corrijo mucho y descarto casi todo. Redacto las novelas con pluma fuente sobre unas libretas. Trato de ser fiel a mi búsqueda de lector: conseguir la emoción poética en la novela, con la tersura y fluidez de la prosa, con las situaciones, con los desenlaces. Me obsesiona el propósito de que no falte ni una palabra. Quisiera envolver a lector, raptarlo para la historia.
Así como la poesía, creo que la escritura de novelas también me sirve para saber de mí (nuevamente: conocimientos que, una vez discernidos, son anacrónicos), para desdoblarme en las voces de quienes soy y de quienes se han apoderado de mí. En La liebre, una novela de César Aira, un personaje ve a otro escribiendo: “parecía no suceder nada, pero él veía, ni más ni menos, un pasaje entre personas; en el aire sombreado del despacho veía el suave dibujo de un fantasma. Los gestos siempre creaban una perspectiva, y más si eran los gestos de escribir. El movimiento del brazo, de la mano, de las pupilas, de la pluma, eran una intención inflada como una vejiga con aire cargado de fantasmas. Los fantasmas eran una persona volviéndose otra”. Tal me ocurre a mí.
En ese mismo sentido ¿Cómo se concilia el trabajo y la sensibilidad de un poeta y de un ejecutivo del Banco de la República, cuyas oficinas se encuentran ubicada en la Biblioteca Luis Ángel Arango?
La materia prima de mi trabajo es muy estimulante. Soy el responsable de subgerencia cultural del Banco de la República, que es el banco central de Colombia. Como tal, tengo a mi cargo el Museo del Oro, la Biblioteca Luis Ángel Arango, la red de bibliotecas y museos que el Banco posee en veinte ciudades, las colecciones de filatelia y numismática, la colección de arte –que hace dos años se enriqueció con una gran donación de Fernando Botero- y el Boletín Cultural y Bibliográfico. También es muy grato trabajar con un grupo muy calificado, muy profesional, lleno de entusiasmo con su tarea.
Correlativamente, la responsabilidad es muy alta. Exige orden, planeación, control. La ejerzo como lo que soy en mi origen, un tendero aplicado, sin demasiada lírica. La poesía no es, no puede ser, una profesión. Es un estado de alerta, una especie de iniciación sobre el valor alucinatorio del lenguaje. Comprometido con la poesía por vocación, por necesidad de equilibrio espiritual, ese compromiso no me libera del otro, trabajar y procurar la subsistencia económica a cambio de empeñar mi tiempo en una tarea remunerada que, en mi caso, y durante los últimos 17 años, ha sido en el Banco. Siempre he tenido un trabajo ajeno a la literatura. Siento una inclinación contemplativa, que se desarrolla en las noches y en los fines de semana, retroalimentada por un vida diurna activa. Como mecanismo de percepción y digestión silenciosa y solitaria, creo que es el que más se adecua a mi manera de ser. No me veo íntegramente dedicado una actividad sin el complemento de la contemplación. Tampoco me imagino todo el tiempo encerrado escribiendo; temo que me desconectaría del mundo. A veces veo esa alternancia de actividad y contemplación como una garantía contra la locura.
Por último ¿qué poetas de tu país y más allá salvarías del olvido?
Como cualquier chico que cambia su banda de rock favorita por otra, uno va cambiando sus intereses y pasiones, aunque con más lentitud. Los poetas colombianos que más me han acompañado en la vida son José Asunción Silva, León de Greiff, Aurelio Arturo –que cada vez me parece mejor--, Álvaro Mutis, Jaime Jaramillo Escobar, Mario Rivero y José Manuel Arango.
Soy un fiel lector de la poesía clásica española.
Adoro a Garcilaso, a Quevedo, a San Juan de la Cruz, a Lope. En cambio nunca
he podido con Góngora cuando se vuelve gongorino. No me olvido de
las lecturas de Bécquer que mi padre me hacía. Durante mucho
tiempo detesté a Rubén Darío y luego se ha me vuelto
cada vez más esencial. Igual me pasó con Juan Ramón.
Adoro la Tercera Residencia y las Odas elementales, pero el resto de Neruda
me deja frío. Le tengo un altar a Vallejo y un culto especial por
Cernuda y por Salinas. Luego mi interés por la poesía española
da un salto hasta Gil de Biedma, Francisco Brines y Tomás Segovia.
Recientemente he descubierto, con fascinación, a Juan Antonio Muñoz
Rojas, Aníbal Núñez, Juan Antonio González Iglesias
y Luis Muñoz. Para referirme por aparte a tu país, entre los
poetas mexicanos, muy temprano, desde cuando vivía en Medellín,
descubrí a Villaurrutia y a Sabines. Después me han interesado
mucho José Emilio Pacheco, Francisco Hernández, David Huerta,
Coral Bracho, Vicente Quirarte, Marco Antonio Campos, Javier Sicilia. Hasta
hace poco no leí a López Velarde; me desconcierta –y
me seduce- su forma de adjetivar. En el resto de América Latina,
me encantan –aunque siento con ellos cierta distancia, cierta actitud
que no es la mía-- Enrique Molina, Olga Orozco y Gonzalo Rojas. Creo
que en Venezuela viven hoy en día tres poetas mayores de la lengua,
Juan Sánchez Peláez, Eugenio Montejo y Rafael Cadenas. Me
gusta mucho la poesía de Blanca Varela, Javier Sologuren, Westphalen,
Eielson. Entre los chilenos, Oscar Hahn. De mi generación me interesan
mucho Antonio Cisneros y Arturo
Carrera.
Sigo adorando a Walt Withman. También a Emily Dickinson. Y –los gustos nunca son coherentes- a William Blake. Me interesan mucho Eliot, la poesía italiana –principalmente Umberto Saba, Montale y Ungaretti-- y le prendo velas a Eugenio de Andrade, quien escribió: “El acto poético es el empeño total del ser hacia su revelación. Este fuego de conocimiento, que es también fuego de amor, en el que el poeta se exalta y se consume, es su moral... Palabra de aflicción, incluso cuando es luminosa, de deseo a pesar de ser serena, rumorosa hasta cuando nos dice el silencio, pues ese ser sediento de ser, que es el poeta, tiene la nostalgia de la unidad, y lo que busca es una reconciliación, una suprema armonía entre luz y sombra, presencia y ausencia, plenitud y carencia.”
José Ángel Leyva