Aunque es de noche
A las puertas de este nuevo siglo que principia resulta difícil considerar cualquier propósito artístico sin que al respecto se invoquen al mismo tiempo las obligantes comparaciones entre lo que hoy se hace y lo hecho hace cien años. Por supuesto que la poesía, la de nuestra lengua como la de otras, es tema preferente de semejante cotejo, y lo es porque tal saldo representa a fin de cuentas un indispensable ingrediente de cualquier horóscopo literario. Sea como fuere, entre la poesía -y la condición de la poesía- escrita en castellano con que se inició la pasada centuria y ésta que ahora inaugura un nuevo siglo y un nuevo milenio, resalta un notorio contraste. El balance, ya se sabe, propicia muchos intentos comparativos. Apuntemos aquí apenas como un rasgo bastante manifiesto la coherencia que predominaba hace cien años en la poesía de nuestra lengua, tonificada por la renovación que había introducido el modernismo, el movimiento fundado por Rubén Darío. Tanto las adhesiones como las reservas respecto de nuestra poesía se definían entonces a partir de las formas e innovaciones que a la sazón practicaba el celebrado movimiento. Pocos años más tarde la tendencia iba a decaer en manos de epígonos menores, pero al despuntar la centuria propiciaba en toda la vasta geografía de nuestro idioma una cohesión admirable.
El presente siglo, en cambio, se abre bajo señales más dispersas tanto en tentativas como en logros. Y a ello ha de añadirse la condición de repliegue que la poesía, y no sólo la de nuestra lengua, sobrelleva en los actuales días. Aunque en ultimo término resulte siempre tan sustancial como en cualquier otra época, algo parecido a un eclipse la ha vuelto desde hace varias décadas más secreta, menos visible. Por fortuna los eclipses, además de predecibles, son pasajeros. Cada día hay mayores indicios de que en la actual hora, en estos tiempos de cambio de milenio, el eclipse empieza a ceder, de modo que es probable que la poesía recobre la privilegiada atención que siempre ha merecido en todas las sociedades conocidas.
El título de la antología poética de Darío Jaramillo Agudelo, Aunque es de noche, si bien remite, como es sabido, a la noche mística de San Juan de la Cruz, de cuya obra procede, viene a insertarse sin dificultad en la noción de eclipse que apuntamos. Un eclipse, para ser tal, contiene siempre dentro de sí una noche, una noche diferente pero una noche al fin, y ninguna escritura es posible sin percatarse de ella. Darío Jaramillo nació en 1947 en Santa Rosa de Osos, Antioquia, Colombia, el mismo pueblo que vio nacer a los poetas Porfirio Barba Jacob (1883-1942) y Rogelio Echevarría (1926). “De manera que la talla está alta -comentó con humor alguna vez el autor de este libro- para quien quiera ser poeta en ese pueblo”. Es miembro de la llamada “generación sin nombre”, que se dio a conocer en su país en la década de los años setenta.
En la presente selección se agrupa una representativa muestra de sus cuatro libros de poesía publicados hasta ahora: Historias (1974), Tratado de retórica (1978), Poemas de amor (1986) y Del ojo a la lengua (Ilustraciones de Juan Antonio Roda, 1995), a la cual el poeta ha añadido esta vez un notable conjunto de nuevos poemas. Aparte de las ediciones que han visto la luz en su país, otras antologías de su obra poética han circulado bajo el sello de Monte Avila Editores, en Venezuela, y de las ediciones de la UNAM, en México. El empleo de algunos recursos expresivos que se apartan de los usos poéticos mas comúnmente acatados, así como cierto desenfado para incorporar al poema referencias cotidianas, tales como frases de canciones populares, ha contribuido a sugerir un parentesco de su escritura poética -sobre todo en sus iniciales entregas- con algunos de los modos e intenciones de la llamada antipoesía. La semejanza, no obstante, es superficial, pues aunque en sus primeros poemas puedan advertirse ocasionales afinidades con esta tendencia, dista mucho de asumirlas con intención programática. Ante todo, no se propone una subversión que recurra a la permanente deformación del poema mediante la sátira. Es cierto, sin embargo, que desde temprano ha procurado desentenderse del léxico y del tono convencionalmente poéticos. En vez de ello se ha valido de una entonación lo más cercana posible al habla cotidiana, desde cuya intimidad tiene lugar cierta reelaboración de voces y tonalidades que recorren su escritura. “Sus voces -ha escrito Fernando Charry Lara- son en cambio casi siempre las que oímos en seres cotidianos. O, mejor, aquellas del que habla a solas para sí mismo”. Cabe añadir que corresponden al que habla consigo mismo, pero también al que habla con esos hermanos que en la realidad son inexistentes, aunque resulten sutilmente muy reales a lo largo de sus poemas. (Mi quinto hermano es fuerte y sabio / y ambos sabemos que nunca nosotros, solitarios, dejaremos de estar juntos). Tan entrañable compañía no puede asumirse con la voz impostada ni con el edulcorado susurro que en nuestros días encuentra refugio en la publicidad del mercado televisivo. No hay ocasión en sus páginas para proponerse otra cosa que las verdades del poema, el tono despojado del que habla como quien se dirige a sí mismo o a sus apócrifos hermanos. “Es de los poetas -añade Charry Lara- que prefieren escribir con sus propias palabras, las de su alrededor, y no con las de los que anteriormente escribieron”.
Una vertiente donde sus propias palabras se asumen por
entero la representa el poema de amor, que alcanza en su obra, como antes
anotamos, la condición de titulo de uno de sus libros, aunque no
sólo a éste se confine. Su propósito en tal caso no
rinde culto a las formas retóricas más reconocidas ni se arredra
ante la dificultad de un tema sobre el cual se
acumulan incontables empeños frustrados. Tampoco se muestra propenso
a defenderse mediante el uso de la ironía, vano recurso que a la
postre sirve apenas para escamotear el sentimiento. Darío Jaramillo
procura en cambio asirse a la desnudez de su palabra, sin otro brillo que
el temblor que proporciona la voz cuando su natural dirección va
de dentro hacia fuera, y no a la inversa, según cometidos más
cerebrales. Al fin y al cabo, la palabra amorosa sólo alcanza su
temblor verdadero cuando se cumple la disolución del yo y se suspende
la percepción del tiempo, de los acosos del tiempo. “A mí
me parece -ha observado Hernando Valencia Goelkel a propósito de
sus Poemas de amor- que hay un conato de poesía que se comunica en
forma verbal, no escrita, en estos versos escritos, en estos versos publicados
por Darío Jaramillo”. Podría agregarse que tal esfuerzo,
aquí perspicazmente subrayado, no sólo es visible en los poemas
de amor, sino también en buena parte de su obra. Aunque sea obvio
repetirlo, tanto el amor como la poesía son preexistentes a la era
alfabética y ambos, de seguro, terminarán por sobrevivirla.
No todo en el poema ha de ser literalmente escritura, aunque de la escritura
se valga, pues preexiste siempre algo verbal y vital que a la postre resulta
determinante. La temprana presencia de esos hermanos apócrifos se
halla en relación, por efecto de la imaginación proyectiva,
con la serie de poemas atribuidos a personajes, mediante los cuales recrea
el autor su particular “colección de máscaras”.
El conocido recurso del monólogo poético se convierte en mucho
más que un simple pretexto para reproducir un dato cultural, pues
a menudo representa el desplazamiento de la propia voz hacia una zona oblicua,
desde donde, sin complacencia, habla también acerca de sí
mismo. Tales monólogos, como ocurre por lo demás con muchos
de sus poemas, emplean con frecuencia el versículo, “el tiempo
largo del poema”, sin temor al prosaísmo, apenas con el apoyo
de una entonación coloquial alejada de los modos enfáticos.
La serie final de la presente antología, reunida
bajo el titulo de Otros poemas, recupera desde un alcance
más hondo y por momentos desolado la suma de voces que dialogan en
sus entregas precedentes. Constan en esta sección algunas de las
composiciones más sentidas del libro, en las cuales una voz desnuda
confronta sus variados ecos en la página poética. A esta serie
pertenece el poema “Canción”, por ejemplo, que es propiamente
un nocturno, sobre todo por el descarnado buceo que dentro de sí
mismo emprende el poeta en la soledad de la noche. Se trata de un poema
que dialoga a su modo, desde un plano formal y rítmico muy distintos,
con cierta tradición de angustiados nocturnos, tales como los de
José Asunción Silva y Rubén Darío:
Aquí conmigo, un primero de octubre, tarde liquida
de sangre y
agua y saliva,
aquí conmigo en la noche de hotel y en el aliento del brandy
y el café,
aquí conmigo, domesticada y sin ansias, hecha de despojos,
aquí conmigo mi soledad, materia inerte, ya sin queja y sin
tremor.
(...)
Me pongo la máscara, me quito la máscara, busco otra
máscara, voy descarándome.
Perdí mi rostro y lo recojo ahora,
en esta noche de hotel cuando mi soledad se vuelve tibia,
transparente
y repaso sereno las agonías:
¿Adónde he quedado yo tras tanta mascara?
A la misma serie se ha incorporado ahora “Desollamientos”, escrito en mayo de 1989 a raíz de una experiencia terrible. Se trata de un poema que ya había anticipado el autor en un emotivo recuento de su itinerario formativo publicado con el titulo de Historia de una pasión. Para acercar a los lectores a estos versos, conviene transcribir el siguiente fragmento del citado recuento: “El último domingo de febrero de 1989 me paré en una bomba que me voló el talón de Aquiles del pie derecho. Ocurrió en Sopó cuando acababa de oscurecer. La siguiente hora de mi vida se la debo a Juan Camilo Sierra que hizo todo lo que era necesario y a un casete de piano de Chopin que nos dio calma. Pasé casi una semana en cuidados intensivos, cuestión que en mi memoria quiere decir simplemente que me acosté en domingo y me desperté en jueves -¿o viernes?- y varios días después me amputaron el pie derecho debajo de la rodilla. Tengo pues, como cualquier moribundo, un pie en la tumba. El humor y el amor. Esas dos formas me mantuvieron con el ánimo bastante alto en aquellas ocho semanas de clínica”. Cinco años antes de este grave percance tuve ocasión de visitar al poeta en su casa de Medellín, una casa de muros altos y ladrillos ocres, poblada de esa incomparable intimidad con que los hijos solitarios reinventan sus espacios. Sólo ahora me doy cuenta de que esa tarde tomé fugazmente el lugar de alguno de sus hermanos imaginarios. Traigo a colación esa visita porque advertí entonces que en el hogar colombiano el humor tiene tanta importancia como el fuego. El comentario antes transcrito viene a ratificármelo. En tan desesperado trance, el amor y el humor, como afirma el poeta, salieron a su encuentro. Y es que en verdad un humor cálido singulariza la psicología de los colombianos. Diría que sus artistas y escritores por lo general son algo lichtenbergianos, devotos de Lichtenberg, el sabio de Gotinga. A todo hecho, palabra o situación le dan la vuelta, no tanto para regocijarse con la salida ingeniosa, sino para desmontarla sabiamente por el lado más humano posible. De ese viejo humor virreinal, que es como otra forma del verdor de su país, supo aferrarse Darío Jaramillo a la hora de encarar sus nuevos pasos:
Contra la muerte tengo la mirada y la risa,
soy dueño del abrazo de mi amigo
y del latido sordo de un corazón ansioso.
Tengo contra la muerte un dolor en el pie que no tengo,
un dolor tan real como la muerte misma
y unas ganas enormes de caricias, de besos,
de aspirar un perdido perfume que persigo,
de oír ciertas canciones que recuerdo a fragmentos,
de acariciar mi perro,
de que timbre el teléfono este sábado a las seis de la mañana,
de seguir este juego.
La primera publicación de Darío Jaramillo,
que data de 1966, destacaba en epígrafe una frase de “un personaje
cada vez más importante en mi vida”, según él
mismo ha confesado. Se trata de Jean Cocteau, y las palabras allí
copiadas, pese a los años corridos desde entonces, no dejan de prestar
ahora cierto eco al título de esta antología. Dice Cocteau:
“El
poeta está a las órdenes de su noche”. Ya antes subrayé
la correspondencia del actual título con la figura del eclipse, a
propósito de la condición de la poesía en esta hora
finimilénica. Pues bien, la coherente búsqueda de Darío
Jaramillo, si bien cuenta ahora con el acendramiento que proporciona la
experiencia, no deja de mantener una misma e invariable línea. El
poeta aún se reconoce “a las órdenes de su noche”.
No es extraño, por tanto, que sea en la confesión del nocturno
donde con mayor hondura se exprese.
A más de tres décadas de aquella publicación, se vale de la iluminante palabra de San Juan de la Cruz a la hora de proponer esta actualizada selección de sus poemas, aunque hoy la poesía no tenga todo el viento a favor, aunque se demore el cono de sombra que produce el eclipse y aún sea de noche.
Eugenio Montejo