Los libros, el amor y la muerte

Ayer me fui al parque Santander a observar los toldos repletos de libros de una feria popular que han instalado para deleite del transeúnte con los bolsillos vacíos. Allí no se necesita boleta para entrar y ningún autor firma los libros (aunque si tienes suerte los puedes hallar ya dedicados, y con algo de corrector e ingenio deformar la dedicación para que seas tú el nuevo destinatario). Lo primero que sentí, lo confieso, fue algo que sólo puede expresarse con una bella palabra casi desusada, azoramiento, porque no es ni sobresalto, ni decepción lo que estaba viendo:  ¿Cuántos libros apilados en esa plaza flanqueada por el Museo del Oro, la Iglesia del Oro y el Banco de la República, por lo demás, repleto de oro? ¿Ochenta mil? ¿Cien mil? ¿Cuántos árboles talados para que nadie lea? ¿Cuánta literatura frustrada por no ser leída? Pero también: ¿Cuántas obras maestras que valen, en otro plano, mucho más de lo que vale el oro y  rematadas hoy por valores risibles? Canetti decía que esta época había que definirla como aquella en que es posible asombrarse simultáneamente de las cosas más opuestas: de la influencia milenaria de algún libro, por ejemplo, y de que los libros no sigan ejerciendo su influencia. Tenía razón.
       La lolita navocobiana que iba a mi lado (porque siempre es de buena suerte ir escoltado por una lolita lectora en una ciudad tal vil como Bogotá D.C) me preguntó qué sentiría Margaret Mitchell la escritora de Lo que el viento se llevó de ver su ejemplar ahora rematado en saldos de dosmil pesos de parque en parque. Le dije (para no tener que confesar que yo también moría por saberlo, aunque preveía la respuesta de antemano: nada) que por fortuna la señora Mitchell y sus colegas de plúteo (Beckett, Cabrera Infante, Bellow, Céline) ya había pasado a mejor parte y estaba en un lugar donde van a cesar todos los títulos y todas las famas, todos los escritores y todos los hombres, absolutamente todos, gloriosos o infames, reputados o imputados, para ser iguales: la fosa común.
        Azoramiento, cómo no, esa es la palabra, y creo que incertidumbre fue lo que me persiguió el resto de la tarde: una tímida determinación por preguntar, casi impugnar, ¿de qué te sirvió escribir tanto, señor Balzac? (pues allí estaba su Obra maestra desconocida, y su Piel de zapa, inmensos libros que hoy nadie lee a quinientos pesos el ejemplar) ¿Qué ocurrirá ahora, señor Stevenson, con todos los libros cuando ya nadie lee, cuando las bibliotecas personales empiezan a apilarse en bazares de plaza y ferias de calle? (Allí estaba su Club de los suicidas prologado por Borges a 2.000 pesos, cuatro en seis mil).
        Mi lolita navocobiana vio por primera vez El Segundo Sexo de Simone Beauvoire (¿sonaría y se vería tan decoroso El Gran Falo de Ferreira si publicara esta columna bajo tal nombre?) a un precio irrisorio: los dos volúmenes en veinticinco mil pesos.
       Yo, por otro lado, vi un ejemplar de El amor, las mujeres y la muerte de Schopenhauer a 10.000 pesos de misoginia, si no estoy mal.  Vi un ejemplar de las Disquisiciones filológicas de Rufino Cuervo (un libro que debería ser fundamental para aprendices de escritor de cualquier ralea) a dos mil devaluados; y El tratado sobre el espíritu de Bertrand Russell por $5.000.
        ¿Pero, para qué más aprendices de esta majadería, menestrales de un trabajo necio e inútil como es la literatura?, le pregunté a Bioy Casares dos toldos más allá (El sueño de los héroes, por sólo $4.000). Ahora, cuando debería empezar el siglo de los lectores, señor Canetti  (Auto de fe, $5000), puesto que el siglo veinte fue el de los autores de primera línea, señor Gadda (El zafarrancho aquel de la vía Merulana, $3.000) parece que hubiera empezado el siglo de los escritores de cuarta o quinta (Marcela Serrano, Antonio García, Lucía Etxabarria: 18.000 ⁺ 8000 ⁺ 20.000, respectivamente). Hoy todo el mundo llena cien páginas en formato Word, las imprime, las manda a una editorial y,  si cuenta con suerte, diez años después, son publicados como “jóvenes promesas de la literatura nacional”. Ocho días después de la publicación yacen apiladas esas promesas, convertidas en saldos, sin ser leídos por nadie y rematados prácticamente por nada, y se queda sin esperanza la literatura nacional.
        Vi a los más grandes por precios rastreros, que darían risa de no ser porque al fin parecen al alcance del presupuesto de cualquier lector Colombiano, suponiendo que en colombia quede algún ejemplar de tal especie en extinción. Son precios que hasta a mí (que endilgo a la poca  lectura  de Colombia en gran parte al elevado precio de los libros nuevos) me permitieron acariciar un rescoldo de codicia por querer comprarlos todos de una buena vez (y hasta un atisbo de solvencia ante mi lolita lectora a quien hube de obsequiarle un par para descrestar: la exégesis biográfica de don Miguel de Unamuno escrita por María Zambrano: $5.000; y una Antología de la poesía latina con los poemas de amor más bellos de todos los tiempos que son los de Catulo a su amada Lesbia: $2000).
        En mi paseo de ayer compré también  un par de ejemplares que le iban haciendo falta ya a mi esquiva biblioteca personal (porque, contrario a la tendencia, mientras unos se apertrechan con cualquier piltrafa rematada para fabricarse una cultura de anaquel con los libros deshojados de Salvat y los Best-Sellers de Oveja Negra, y mientras otros se deshacen de sus bibliotecas personales vendiendo por libras, yo aumento la mía comprando por kilos y seleccionando a mis autores con guantes y pinzas): Abadón el exterminador de Sábato (cinco mil pesos, en tapa frágil)  y El Carnero de Rodríguez Freyle (con un prólogo excelente como todos los prólogos excelentes que dejara escritos R-H Moreno-Durán quien se hubiera vuelto loco descubriendo maravillas donde otros atisban zupia).
       Vi allí a Pavese despreciado, en tres editoriales distintas, todas por su parte ediciones mediocres que no ameritan más de tres mil pesos, pero no por baratas menos brillantes. Vi a Javier Marías naufragando en un mar de saldos, agonizando entre libros de new age y negocios y novelas rosa y folletos brujeríles que pululan como palomas cancerosas hay en Bogotá, la cínica. Vi a un docto lector furioso que pretendía llamar incompetentes a los libreros de  toda la feria porque ninguno poseía las Crónicas de Narnia de José Saramago (¿?) y otro a punto de batirse a un duelo de machete porque nadie le daba razón del último libro de una colombiana de apellido Becerra (como si de cuatro mil años de literatura el último libro de la señora Becerra fuese la palabra final). ¿Este es el final?, me pregunté de paso diez toldos más allá, frente a un volumen antológico de poesía del astrónomo persa Omar Khayyam (10.000, por dios, por alá, ¡10.000!).
       Tal vez.
        Cuando las ratas echan a salir de sus escondrijos es porque se acerca la epidemia final, ¿o no, Camus? (La Peste, Primer hombre, cuatro y seis mil, respectivamente).
       El verdadero sentimiento trágico de la tarde, sin embargo, no fue haber comprado Me casé con un comunista de Philip Roth (para darme cuenta, al llegar a casa, que las ediciones de bolsillo de la zaga Zuckerman en Latinoamérica no cuenta con la misma dignidad gringa y tienen poco que envidiarle a un tiraje pirata de la peor calidad). El sentimiento de impotencia no fue en los toldos de saldos, quiero decir, sino en los canastos que dicen en un despreciable pliego de cartulina verde: TODO A  2.000. Porque fue allí donde me entró el desasosiego al comprobar que los peores y los mejores escritores de la historia al fin se consiguen a precio unificado, y sin embargo a todos se les desprecia sin distinción ni misericordia. Ya no hay lectores interesados en ellos, y los que quedan no se preocupan por salvarlos del lodazal.
       Para la muestra, mi anécdota de despedida: en un canasto mugroso, íntegra, esperando por mí, hallé al final de mi paseo las mil y una páginas que conforman la novela monumental de Héctor Rojas Herazo Celia se pudre. Mi estupidez más grande fue no haberla comprado. No entenderá esta rabia que siento aquel que lea al pie de la letra la siguiente estadística de Fenalco publicada justo la semana anterior: el 8% de los Colombianos son analfabetas. Aquél que no saque la tasa y se de cuenta que en un país que ostenta su analfabetismo funcional en casi dos millones de personas iletradas, dirá entonces que me serene, que fresco, que  no pasa nada, parcero, que a Rojas Herazo lo desprecian por gordo, por excesivo y por abigarrado literariamente. Pero mi rabia (que poco a poco se convierte en perplejidad, y al final en desidia, mientras despido esto por segunda vez) es que resulta apenas comprensible semejante desprecio por una obra maestra en un moridero como Colombia donde hasta los que se la dan de cultos no llegan ni a ser letrados, y donde hasta los sueños rotos los hemos convertido en violencia.
        Tomé el libro de Herazo entre las manos y leí en el prólogo una alusión a las líneas que escribió Ernesto Sábato agradeciéndole a su autor por esta obra maestra de la literatura latinoamericana. Entonces recordé que Onetti (El astillero, $1.000) fue otro de los pocos iniciados que supo ver oro donde todos veían mierda (y por cuya alusión empecé  a leer el libro hace algunos años sin llegar a la mitad). Me pregunté qué debió pasar por la cabeza de Rojas Herazo cuando punteaba la página mil cien de un manuscrito casi ilegible, y sin terror, siguió escribiendo. Lo abrí al azar y leí seis páginas acerca de dos luchadores reventándose la quijada y llenándose de recuerdos de tortura sobre un cuadrilátero ensangrentado. Lo cerré. Miré a mi lolita navocobiana (que había mandado como testaferra a ofrecer un precio ridículo por un libro invaluable y ya regresaba con las manos vacías) y salté seiscientas páginas más adelante de Celia se pudre, hasta el pasaje donde un pintor vaticina el futuro en los lienzos que pinta. Entonces descubrí el único modo de leer un mega opus como el que escribió Herazo en su delirio (y que es el mismo modo azaroso es que la sigo leyendo aun sin terminarla: a pedazos no lineales). Al preguntar al librero por el precio del ejemplar, repuso: dos mil pa que lo lleve, escritor. Hice un cálculo de lo que me quedaba, y ya no podía gastarme un centavo más en libros aunque mucho quisiera. Tenía una lolita lectora al lado diciendo que estaba antojada de hojarasquear el libro de María Zambrano y comer un alfajor con café exprés de media tarde. Dos mil pesos son lo que vale una Coca-cola, me dije, dos mil pesos vale también el alfajor con café y el libro de Herazo, sumé, y ahora ella quiere café exprés con alfajor, calculé, y yo Coca-cola y un libro de Herazo, y vi que en mi bolsillo un José Asunción Silva abatido me devolvía la mirada desde su osario en un billete devaluado de cinco mil pesos colombianos…
       Te jodiste, Herazo, otro día será.
       En el último instante pensé jugármela toda en algo que nunca he hecho pero juro que haré: apretar un libro codiciado contra mi pecho y con toda la desvergüenza del mundo salir huyendo con la lolita navocobiana de tiro y con el vendedor costeño detrás de mí esgrimiendo un mandoble de cuchillo y mentándome la madre por ser el último ladrón en robar lo único que frente al museo del oro y el banco del oro y la iglesia del oro ya nadie quiere robar, pero las palabras ofensivas del librero me devolvieron a la vida real: Si no lo piensa llevar, déjelo ahí pa que mire otro, viejomán.
       Esto es lo que vale una obra maestra en Colombia, viejomán, me dije en los adentros, pensando en los años que llevaba de no escuchar tal expresión, no seamos tan hijos de perra… y salí con mi lolita, fuego de mis entrañas, sin rencores, convencido de que mañana, si vuelvo, aun tal vez espere por mí  Héctor Rojas Herazo en el fangal.
       ¿Sabes qué haría yo si fuera librera?, dijo la lolita lectora desempacando el de María Zambrano sobre la mesa: Dejaría una joya escondida en esos canastos a ver si alguien sagaz la encuentra.
       ¿Y para qué?, le pregunté, pensando en mi obra maestra abandonada sin misericordia.
       Para probar que aun hay lectores que prefieren dejar de comer por comprar libros.
       Sonreí de imaginar que yo era un perjuro por abandonar a Herazo a su puta suerte.
       ¿Alfajor?, me dijo.
       Coca-cola, dije.
       Y preferí no lamentarme más.

   Daniel Ferreira
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