Francisco Morán

Librerías de viejo

¿Por cuáles misteriosas galerías
pasabámos de Obispo a los rituales
budistas, y a los sórdidos canales
de la ciudad, y luego a la armonía?

¿Qué camino era aquel que conducía
al reino de Ecbatana, a los helados
soles de París, a los ansiados
rincones de Madrid y Alejandría?

¿A través de qué sueño la escritura
permitía el azar de otro destino,
que el viaje protegiera su misterio,

contemplar a través de la ranura
de La Habana, el ansiado desatino
de entender nuestro propio cautiverio.

Homenaje a Paul Celan

El agua del Sena duerme con un ojo abierto
en los peces que fueron descabezados de un golpe,
limpiamente.
El pescadero no sabe cuánto fango
debe mirar, tragar un pez,
antes de adquirir esa lustrosa piel
que engalana los platos más exquisitos,
el gusto del gourmet.

Es difícil hacer equilibrios sobre los puentes.

La noche helada tiene un aire familiar y casero
que recuerda a los acróbatas del circo,
el asombro de ver los cuerpos
curvándose en el aire.
Miras extenderse la carpa sucia de la ciudad
sobre tu cabeza.
Debajo están la muchedumbre
de mujeres barbudas,
los enanos polifémicos,
y las fieras domesticadas.

Antes del salto
hay siempre una nostalgia inmensa,
un ansia de fuego que te ciñe al agua.
Después sólo queda el tiempo,
pulido, reluciente,

haciendo burbujas en el fondo.

Fin de milenio

Mi sombra se proyecta sigilosamente sobre el piso.
Se alarga como gesto de prestigidator
que ha olvidado sus viejos trucos.
La miro alejarse de mí entre espasmos
e inútiles resoplidos.

Afuera, los otros persiguen la sombra del milenio,
atosigan al tiempo con celebraciones,
regalos y estrépitos de guerra.

Mi sombra me deja y se va a la calle.

Es hora de cometer el crimen perfecto.
Es hora de agotar el último esplendor.

Paul Verlaine

La fealdad tiene sus ocurrencias.
En los hospitales y cárceles se la trata con emplastos,
medicinas y golpes,
y con el escupitajo
sobre la cabeza desvergonzada
que osa levantar su trompa
de elefante de circo.
Una inscripción marca para siempre
el rostro que va a ser demolido,
la parafina del cuerpo
que no quemaron la pasión del adulterio,
ni la sublime indecencia
de una proposición en un baño público,
o detrás del último recodo
de la adolescencia.

La fealdad no tiene siquiera el sedante del infierno.

Sólo que, por el sitio más impensable,
pueden aparecer en cualquier momento
el crepúsculo fatal, las miasmas calurosas

de Rimbaud


Francisco Morán (La Habana, 1952) es profesor de literatura hispanoamericana en la Southern Methodist University. Recibió el Premio Luis Cernuda por su libro El Cuerpo del delito y es redactor de la revista electrónica de literatura cubana: www.habanaelegante.com.

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