Porfirio Barba Jacob
1883-1942

Considerado por los liberales colombianos uno de sus grandes poetas, quizás porque su vida y su obra celebraron todo lo que ellos habrían querido ser: nómadas, embusteros, bribones, sofistas, drogadictos, transexuales, etc., Miguel Ángel Osorio Benítez, (Santa Rosa de Osos, 1883-1942) o Porfirio Barba Jacob, o Marín Jiménez, o Juan Sin Miedo, o Ricardo Arenales, o Juan Sin Tierra, o Juan Azteca, o Junius Cálifax, o Almafuerte, o El Corresponsal Viajero, etc., es hoy un escritor inclasificable e incoherente, así mucha de la crítica de estos últimos años del siglo pasado, siga insistiendo en su importancia como poeta.
Santa Rosa de Osos fue un municipio antioqueño donde también nacieron los poetas Rogelio Echavarría y Darío Jaramillo Agudelo. Fue una región habitada por los indios Nutabes, orfebres e hiladores de algodón exterminados por los conquistadores españoles que buscaban oro, a quienes sucedieron los colonos, que por cientos, llegaron tras Antonio Serrano de Espejo a esa región conocida como Valle de los Osos, nombre que varió para hacer un homenaje a Santa Rosa de Lima que terminó convertida en Santa Rosa de Osos. Pueblo ultra católico y reaccionario fue conocido en tiempos de Barba Jacob como La Ciudad Eterna. La Diócesis de Santa Rosa de Osos, creada por el Papa Benedicto XV en 1917, fue el lugar desde donde dominó a Colombia, con mano de hierro, Monseñor Miguel Ángel Builes (1924-1971) cuya influencia nefanda se siente todavía en muchos puestos públicos colombianos. Carlista y cavernario, enemigo acérrimo de las ideas liberales y de los liberales mismos, llamaba a los obispos que no seguían sus orientaciones “perros adormecidos”, atacaba violentamente a las mujeres que usaban pantalones e hizo de esta actitud un nuevo pecado, tanto como el liberalismo y la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo y sus reformas a la educación laica y obligatoria, o la autonomía universitaria y los institutos femeninos que consideraba, darían “a la patria maestras impías”. Fanático de Laureano Gómez, gritaba a voz en cuello contra los seguidores de Lenín y Marx:

Gobernantes de mi patria, abrid los ojos! [... ] ¿Cómo es que olvidáis dictar leyes que rechacen al moscovita audaz que mancha con su planta inmunda nuestro suelo? ¡Soldados de mi patria! ¿Para qué recibisteis la bandera tricolor y jurasteis defenderla, si ahora la arrojáis por tierra, para que la pise el ruso infame? [... ] Ya suenan los clarines que llaman al combate [...] Vuestra misión es defender la patria. ¡Atrás el extranjero! ¡Viva Colombia!”

Como se sabe, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, Builes incitó a la revuelta y al aniquilamiento de los liberales, etc., etc., atacando, a medida que el mundo progresaba, todo lo que significara mejora en la vida del hombre: el cine, la radio, los bailes, la vida misma. La diócesis de Santa Rosa de Osos, donde se educaron Barba Jacob y los otros poetas mencionados, tiene 92 parroquias, cientos de sacerdotes, un seminario y tres institutos consagrados a la difusión de la fe.
Príncipe fatuo de la rima, como se calificó a sí mismo en La Divina Tragedia, Barba estudió sus primeras letras en escuelas campesinas sobresaliendo, precisamente, como desaplicado y díscolo. Cuando cumplió doce años se fue a Bogotá, donde vivió quizás los dos peores años de su existencia, y así de un sitio para otro tratando de estudiar derecho y salir adelante. En 1901 cuando la Guerra de los Mil Días fue reclutado pero huyo, muerto de miedo, de los campos de batalla, regresando a su pueblo para trabajar como maestro. Un lustro después ya estaba en Barranquilla donde conoció a Leopoldo de la Rosa, uno de sus pares, donde "palpitante de ilusión... leía yo a Darío y a Valencia, a Darío y a Emerson, a Valencia y a Guyau, a Darío y a Renán, a Valencia y a Cervantes, a Darío y a Carlos Marx, a Valencia y a Edgar Quinet... Efluvios de rosas de filosofía, de poesía, de pintura, de astronomía..."
Vendría luego su largo peregrinar por tierras de Centro América y el Caribe, pero fue en México donde más tiempo vivió y donde murió. Llegó en 1908 y permaneció hasta 1914. En 1918 regresó, hasta cuando Plutarco Elías Calles, Ministro de Gobernación, le expulsó del país por sus constantes ataques al Gobierno Mexicano desde las páginas de Cronos. Y regresó, para quedarse definitivamente, en 1931.

“Era delgado, moreno, aindiado, terroso, de aire meditabundo, de vértices y vórtices, entre cetrino y asfalto, -escribió sobre Barba Jacob Luís Cardoza y Aragón- literario hasta la indecencia, con algo de cadáver viviente de luz y de vileza. Todo él fue un supositorio, una almorrana, un fruto ácido. Su rostro, de burócrata de funeraria, de emisario de la fatalidad; rostro laminado, que más así lo veía por la nariz aquilina desplomada sobre la boca infecta, que resistía con dificultad el hongo venenoso de un sonreír inseguro y equino. Había demencia en los ojos de esta centaura tenebrosa que escribió "Los desposados de la muerte". Parecían suspensorios sus ojeras de tan abajo que caían. Su pensamiento emanaba hedor de carroña, de azufre de botica. Escuchando la amargura de sus atrocidades y agudezas, vislumbraba su deseo de inventar con la mierda una teología. Untuosa, solemne columna salomónica de mayonesa oscura, que ganó su existencia, cínica y triste, escribiendo decenas de millares de páginas anónimas en diarios, con la orientación que le pagasen.”

La mayoría de los críticos de Barba están de acuerdo que la atracción que conserva su poesía deriva de la idea de que es demoniaca porque celebra la lujuria, los espasmos de la carne “mi amiga y enemiga”. Su vida sexual y las revelaciones que prodigaba, los vicios del alcohol y la marihuana y su errabundia, culpas y perdones, vagancia y vida crápula, le han hecho atractivo para un grupo de colombianos de clase media que comparten esas aficiones.   
Baste enumerar aquí una buena parte de la terminología mas frecuente en sus setenta y cinco textos, para sentir como toda esa enciclopedia de sus sentimientos y maneras de ver, o casi todo y ya es mucho decir, esta mas que olvidado y bajo tierra: acuarimántimas, acíbares, ámbares ponentinos, auri-azulinos, alabastros, alcores, ambarinos, ambrosías, arcanos, bálsamos, brisas ligeras, brunos, caudas, carbunclos, cerúleos, cetrinos, clámides, estelíferas,  celajes, diadiemados, diamantinos, dilectos, irisados, lácteo azulinos, lampos, lauros, liras, lirios, mieles, nardos, nacarinos, númenes, lúmenes, opalinos, opresos, ortos, perlinas, plectros, plenitudes, plenilunios, perláticos, plintos, querubes, raudos, refulgentes, rielar, rosicler, silfos, soporosos, sortílegos, tules, turquís lumíneos, trémulos, trémolos, untuosos, ungüentos, ustorios, vagarosos, vesperales. “Un lenguaje desueto por completo, un lenguaje viejo, en definitiva”, dice J.G. Cobo Borda. Y Rafael Gutiérrez Girardot: "Dominó el arte de decir banalidades sonoramente.” Y Eduardo García Aguilar: “A Barba Jacob lo aplastó la leyenda, es sólo leyenda… Su poesía se hunde y sólo los lazos del mito se apiadan de ella.” Y para cerrar esta página, Hernando Valencia Goelkel: “Sea como fuere, a ese puñado de poemas ha quedado reducido el pobre Miguel Ángel Osorio. Si duran, si siguen resonando en otros oídos como hace unos años resonaban aún al entusiasmo juvenil, si dejan de resquebrajarse esas construcciones elocuentes, si sobreviven los lamentos que empiezan a sonar un poco a hueco, sobrarán entonces las exégesis y los reproches. Barba Jacob, entonces, no necesitará, ni nuestra alabanza, ni nuestra censura, ni nuestra inquisición. Ni siquiera nuestra piedad.”

Harold Alvarado Tenorio

Canción de la vida profunda

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar...

Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría...
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar...

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en Abril el campo, que tiembla de pasión;

bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de obscuro pedernal;

la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos...
-¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir!-

que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír...

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer;
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar:

el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

Mas hay también ¡oh Tierra! un día... un día... un día
en que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables...
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

Los desposados de la muerte

Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz.
Sus manos enseñaban a amar los lirios
y sus sienes a desear el oro de las estrellas.
En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas.
Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla,
suave y fragante y musical.
Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos,
parecían temblar las alas de un ángel.

Emiliano Atehortúa era muy sencillo
y traía una infantilidad inagotable.
Su adolescencia láctea, meliflua y floreal,
fluía por las escarpas de mi madurez
como fluye por el cielo la leche del alba.
Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida
me pareció que me envolvía el rumor de una selva
y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas.
Hay almas tan melódicas como si fueran ríos
o bosques en las orillas de los ríos.

Guillermo Valderrama era indolente y apasionado.
Como un licor de bajo precio,
la vida le produjo una embriaguez innoble.
Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe.
Había en su voz un glú-glú redentor
y su amante le llamó una vez
“el Príncipe de las hablas de agua”.

Leonel Robledo era muy tímido
bajo una apariencia llena de majestad.
En el recóndito espejo de su ternura
se le reflejaba la imagen de una mujer.
Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación.
Le vi llorar una vez por males de ausencia
y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío,
y, sin embargo, no se conmueven los luceros...

Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino,
como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen.
Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico.
Se le veía como marchando de las playas de ensueño
que rozaron las quillas de Simbad el Marino,
hacia las vagas latitudes
por donde erró Sir John de Mandeville.
Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea,
y por la noche soñé en el misterio de las espigas.

¡Evanaam! ¡Evanaam!

Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía
como los roncos ecos del monte a los pinos.
Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario.
Sus ilusiones fructificaban como una floresta
oculta por los tules del “todavía-no”.
Sus palabras revelaban la fuerza de la Realidad,
y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.

Porfirio Barba Jacob

  • Bibliografía de Porfirio Barba Jacob
    Cartas de Barba-Jacob. Recopilación y notas de Fernando Vallejo. Bogotá, 1992. Rosas negras. Edición de Luís Antonio de Villena. Valencia, 1988.
  • Bibliografía sobre Porfirio Barba Jacob
    Fernando Vallejo: Barba Jacob, el mensajero, México, 1984. Jorge Zalamea Borda: Barba Jacob, poeta de Colombia, en Revista de América, Bogotá, Febrero de 1948. Luís Cardoza y Aragón: El río, México, 1986