«No podía esperarse otra cosa de un ambiente en donde para hacer carrera hay necesidad de cumplir inexorablemente ciertos requisitos de servilismo, adulación e hipocresía y donde ingenuamente las gentes confunden estos trámites, esta ascensión exacta y previsible, con la política. Sin duda el fenómeno del arribismo se produce en todas partes y no sólo en el ajetreo electoral, sino también en la vida económica y en la vida cultural, pero aquí ha tomado en los últimos tiempos características exacerbadas y mórbidas, cuyo estudio sería interesante y tendría quizás que empezar por la influencia que la aguda crisis de estructura del país y consiguientemente de los partidos políticos ejerce sobre el trato social, sobre la comunicación en la existencia cotidiana. Resulta significativa la frase que un político de las nuevas generaciones usa a menudo: Voy a cometer mi acto diario de abyección, fórmula que exhibe la decisión -en otros casos furtiva de obtener a todo trance un puesto de ministro, de parlamentario, de orientador de la opinión pública, en fin, de ser alguien, de parecer.»

Jorge Gaitán Durán, La revolución invisible, 1959.

“Tierra de copleros y serenateros, Colombia es un país cerrado para la poesía moderna”.

X-504, 50 años de atraso en poesía, 1960.

“La poesía era el primer escalón de la vida pública y se podía llegar hasta la presidencia por una escalera de alejandrinos pareados. Se dirá que todo aquello era anacrónico y absurdo, pero fue una vocación nacional, un modo de ser espontáneo, una inclinación que nos dio carácter internacional, aun pintoresco. Esta tradición se hunde de repente, como la Atlántida, en un cataclismo que no deja ninguna señal.”

Alberto Lleras Camargo, El primer gobierno del Frente Nacional, 1962.

“En Colombia el oficio de escritor está tan prostituido y tergiversado que se llega a designar como tales a éste o aquel por el hecho exclusivo de que proclame una determinada consigna política.”

María Mercedes Carranza, Eduardo Cote entre la vigilia y el sueño, Razón y fábula, # 18, 1970

“Es difícil imaginar hasta qué punto se vivía entonces a la sombra de la poesía. Era una pasión frenética, otro modo de ser, una bola de candela que andaba de su cuneta por todas partes. Abríamos el periódico, aun en la sección económica o en la página judicial, o leíamos el asiento del café en el fondo de una taza, y allí estaba esperándonos la poesía para hacerse cargo de nuestros sueños. De modo que para nosotros, los aborígenes de todas las provincias, Bogotá era la capital del país y la sede del gobierno, pero sobre todo era la ciudad donde vivían los poetas”.

Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, Bogotá, 2002.

 

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