Guillermo Valencia
1873-1943
Guillermo Valencia descendía de un peninsular que fabricaba monedas bajo el reinado de Carlos III, cuyo hijo —Pedro Agustín de Valencia—, recibió título de Conde bajo Carlos IV. Hizo sus primeros estudios en el seminario de Popayán, donde parece haber leído, en sus lenguas originales, en Anacreonte, Juan Crisóstomo, Tertuliano, Jerónimo, Virgilio, Horacio, Ovidio y un buen número clásicos franceses.
A los diecinueve ingresó a la facultad de filosofía y letras, donde urdió un discurso sobre La iglesia en la Edad Media, y comenzó a militar en el partido conservador, «por la influencia de cuarenta generaciones de antepasados». A los veinte fue nombrado Secretario de la Prefectura, iniciando así una larga carrera de empleado público, que le llevó a ser Secretario de Hacienda del Cauca, Secretario de Rafael Reyes, Representante a la Cámara, Primer Secretario de las Legaciones de Colombia en Francia, Suiza y Alemania, Jefe de la Sección Tercera de Crédito Público de la Tesorería, Secretario de Educación de Cundinamarca, Jefe Civil y Militar del Cauca, Gobernador del Cauca, Representante de Colombia ante la Tercera Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, Senador por Nariño, Candidato a la Presidencia en dos ocasiones, Representante de Colombia ante la Cuarta Conferencia Panamericana de Santiago de Chile, Miembro de la Comisión Asesora del Ministerio de Relaciones Exteriores, Miembro de la Comisión que firmó el Tratado de Paz entre Colombia y Perú en Río de Janeiro, y Miembro del Consejo de Defensa Nacional.
La vida de Valencia transcurrió, desde su llegada a Bogotá en mil ochocientos noventa y cinco, en los llamados salones de la República Conservadora de Rafael Reyes, Ramón González Valencia, Carlos E. Restrepo, José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez, Jorge Holguín, Pedro Nel Ospina y Miguel Abadía Méndez. Llegó «admirando rabiosamente a Silva», y conoció a Baldomero Sanín Cano, quien sería su amigo de toda la vida y que le hizo conocer a France, Zola o Hoffmannsthal, autores muy ignorados por los intelectuales colombianos de su tiempo.
A los veintitrés fue empujado al parlamento para que combatiera a Uribe Uribe. Luego partió a Europa, donde asistió a la facultad de letras de la Sorbona, al Instituto de Francia y a la Escuela Libre de Ciencias Políticas. En París conoció a Darío y a Wilde, y se consagró a comprar y enviar armas para la guerra [de los Mil Días] que estaba en marcha en Colombia: «en el curso de un mes —dice Alfredo Duarte French—, remitió 60.000 fusiles y 9´000.000.00 de cartuchos. Los mismos que sirvieron para alimentar el fuego de la batalla de Palonegro, quizá en la que más se ha vertido sangre hermana».
A los veintiocho, como jefe civil y militar del viejo Cauca, condujo, en mil novecientos uno, una de las más violentas campañas represivas de que tengan memoria las tierras del Valle, Nariño, parte de Caldas, Chocó y Cauca. Tal fue su entusiasmo, que la salud se le quebrantó y tuvo que retirarse de la política por un año, para regresar a Bogotá en el novecientos tres, como representante a la Cámara.
A pesar de todas estas pruebas de fidelidad a las ideas de su partido, y sus irrestrictos servicios a la causa reaccionaria, Valencia no pudo contar con el apoyo de los jefes conservadores y eclesiásticos para llegar a la presidencia, con lo cual soñó hasta el último momento. Ese fue el sufrimiento de su vida. La gloria, como lo entendían los romanos, era vana sin el poder. Pasó sus últimos años cazando, y oponiéndose, violentamente, a las reformas agrarias de López Pumarejo. Según María Mercedes Carranza:
«Su posición de señor feudal cobra relieve en la lucha implacable que sostuvo contra los indios paeces que ocupaban los resguardos del Cauca. Gonzalo Castillo, quien ha recopilado los escritos de Quintín Lame, da algunos datos que permiten conocer cuál fue la actitud de Valencia al respecto. A comienzos del siglo, feudatarios de esa región, que pertenecían a una clase agraria y social de espíritu colonizador y expansionista, la emprenden contra los resguardos con el fin de apoderarse de las tierras que los integran y lo hacen al amparo de la ley. El más emprendedor de estos terratenientes es el suegro de Valencia, Ignacio Muñoz. Para oponerse al despojo, surge el líder indígena Lame, quien crea un principio de resistencia entre las comunidades. Quintín Lame es perseguido y encarcelado. Valencia será su principal enemigo. No contento con vejarlo y golpearlo públicamente, solicitó para él el destierro.»
La primera edición de Ritos apareció en Bogotá en mil ochocientos noventa y nueve. Con este libro Valencia dio altura a un tono que Darío había encontrado tedioso tras la apoteosis de Prosas profanas en el noventa y seis. No es posible decir que Valencia supere al Darío rococó de Era un aire suave, ni al cosmopolita de Divagación, ni al mitólogo de Coloquio de los Centauros, ni al medievalista de Sonatina o Cosas del Cid, ni al simbolista de los cisnes emblemáticos de Blasón. Pero el brillo, la sonoridad del verso, la maravilla de los artificios adquieren en la voz de Valencia un temple de sombra que fascina. Valencia poeta murió en 1914, pero estaba agonizando al llegar el siglo veinte. El resto de su obra, exceptuando el medio centenar de poemas escritos antes de la edición londinense, son versiones a granel de idiomas que parece no conocía. Hay una tragedia secreta en esos cientos de versiones, como si agotado por los compromisos políticos y morales, hubiese usado de otros para decir lo que quería; qué duda cabe que muchas son espléndidas, verdaderas traiciones a los textos originales. Ritos es uno de los más bellos libros de nuestras literaturas.
Imposible saber qué habría sido Valencia si sus ideas hubiesen partido del último Silva. Lo cierto es que cuando dio con Sanín se aficionó por Zaratustra. Allí encontró «una cantera milagrosa —según Rafael Maya —, de donde sacó siempre epigramas para sus poemas y citas para sus discursos». Valencia vio en Nietzsche una doctrina que sustentaba las aspiraciones de una nueva clase, bastarda para el feudalismo.
No es de extrañar, entonces, que Ritos se abra con un homenaje a un Silva de salón, angustiado y aristocratizante.A pesar de buscar cobijo en la torre de marfil, donde todo es frialdad y ni el mal, ni el bien, ni el dolor ni la pasión conmueven la belleza, el poeta sabe que su condición es dolorosa: está separado, no hay para él, como para Los camellos, lugar donde saciar la sed de felicidad, carne o paz.
Contrario a lo que suele pensarse, la poesía de Valencia es un testimonio de su tiempo, mejor sería decir, de las contradicciones que vivía un grupo social partidario de cambios radicales en la mente, pero esclavizado y mudo ante la necesidad de subsistir, de comer. En el fondo los asuntos de Flórez y Valencia se tocan en varias convergencias, rompiéndose en paralelas de tonalidad y visión del mundo. Valencia es operático mientras Flórez es folklore. Los asuntos de Valencia son también tristes, melancólicos, rara vez felices.
Sus tres poemas mayores van y vienen entre la pasión y la fe, sea unas veces la carne y la religión, o las fuerzas sociales y su choque con las concepciones políticas. Palemón el estilita y San Antonio y el centauro son el drama guerrero entre la ideología y el deseo. El primero es el único de sus poemas donde la carne vence a la fe. Valencia goza verbalmente en este poema con una lubricidad ejemplar. La descripción de la tentación, en carne de mujer, es originalísima.
Un diálogo entre paganismo y cristianismo, felicidad y tristeza, fuerza y debilidad, donde el último vence, es San Antonio y el centauro. El mundo de Grecia y Roma quiere vencer a Jesús en Antonio, pero contrario a los sucesos del mundo literario de comienzos de siglo veinte, donde lo moderno vence a lo clásico, Valencia decide tomar el camino de la Edad Media, resultando el texto una apología de lo extemporáneo, una especie de poema medieval que no pudo ser concebido por la Edad Media. Aquí está el abismo que separó a Valencia de Darío.
Y a pesar de tantas pifias y tropelías políticas e ideológicas, es Guillermo Valencia, bien contado, el más grande poeta y artífice que haya nacido en estas tierras de horror. Nadie como él oyó la música celeste de la poesía, nadie como él sintió en carne viva el dolor de ser artista y el sufrimiento de la vida. “En un momento dado, ha dicho Cobo Borda, Valencia fue la poesía. Por eso hoy está vivo y nosotros también estamos vivos recordándolo. Una prueba más, si hiciese falta, de cómo Colombia, a través de su poesía, resiste y perdura.”
Harold Alvarado Tenorio
Cigüeñas blancas
De cigüeñas la tímida bandada
recogiendo las alas blandamente,
paró sobre la torre abandonada
a la luz del crepúsculo muriente;
hora en que el Mago de feliz paleta
vierte bajo la cúpula radiante
pálidos tintes de fugaz violeta
que riza con su soplo el aura errante.
Esas aves me inquietan: en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías,
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días.
Afrenta la negrura de sus ojos
el abenuz de tonos encendidos,
y van los picos de matices rojos
a sus gargantas de alabastro unidos.
Vago signo de mística tristeza
es el perfil de su sedoso flanco
que evoca, cuando el sol se despereza,
las lentas agonías de lo Blanco.
Con la veste de mágica blancura,
con el traje de lánguido diseño,
semeja en el espacio su figura
el pálido estandarte del Ensueño.
Y si, huyendo la garra que la acecha,
el ala encoje, la cabeza extiende,
parece un arco de rojiza flecha
que oculta mano en el espacio tiende.
A los fulgores de sidérea lumbre,
en el vaivén de su cansado vuelo,
fingen, bajo la cóncava techumbre,
bacantes del azul ebrias de cielo...
*
Esas aves me inquietan: en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de sus mejores días.
Y restauro del mundo los abriles
que ya no volverán, horas risueñas
en que ligó sus ansias juveniles
al lento crotorar de las cigüeñas.
Ora dejando las heladas brumas,
a Grecia piden su dorado asilo;
ora baten el ampo de sus plumas
en las fangosas márgenes del Nilo.
Ya en el Lacio los cármenes de Oriente
olvidan con sus lagos y palmares
para velar en éxtasis ardiente
al Dios de la piedad en sus altares.
Y junto al numen que el romano adora
abre las alas de inviolada nieve;
en muda admiración, hora tras hora,
ni canta, ni respira, ni se mueve.
Y en reposo silente sobre el ara,
con su pico de púrpura encendida
tenue lámpara finge de Carrara,
sobre vivos corales sostenida.
¿Ostro en el pico y en tu pie desnudo
ostro también! ¿Corriste desalada
allá do al filo de puñal agudo
huye la sangre en trémula cascada?...
Levas las vestiduras sin mancilla
-prez en el Circo- de doncella santa,
cuando cortó la bárbara cuchilla
la red azul de su gentil garganta.
*
Todo tiene sus aves: la floresta,
de mirlos guarda deliciosos dúos;
el torreón de carcomida testa
oye la carcajada de los búhos:
la Gloria tiene el águila bravía:
albo coro de cisnes los Amores;
tienen los montes que la nieve enfría
la estirpe colosal de los cóndores;
y de lo Viejo en el borroso escudo
-reliquia de volcado poderío-
su cuello erige en el espacio mudo
ella, ¡la novia lánguida del Frío!
La cigüeña es el alma del Pasado,
es la Piedad, es el Amor ya ido;
mas su velo también está manchado
y el numen del candor, envejecido...
¡Perlas, cubrid el ceñidor oscuro
que ennegrece la pompa de sus galas!
¡Detén, Olvido, el oleaje impuro
que ha manchado la albura de sus alas!
*
Turban sus vuelos la voluble calma
del arenal -un cielo incandescente-,
y en el dorado límite, la palma
que tuesta el rojo luminar: ¡Oriente!
Tú que adorabas la cigüeña blanca,
¿supiste su virtud? Entristecida
cuando una mano pérfida le arranca
su vagarosa libertad, no anida.
Sacra vestal de cultos inmortales
con la nostalgia de su altar caído,
se acoge a las vetustas catedrales
y entre sus grietas enmaraña el nido;
abandona las húmedas florestas
para buscar las brisas del verano,
y remonta veloz llevando a cuestas
el dulce peso de su padre anciano.
Es la amiga discreta de Cupido,
que del astro nocturno a los fulgores,
oye del rapazuelo entretenido
historias de sus íntimos amores:
con la morena de ceñida boca,
altos senos, febril y apasionada,
que exangües manos y mirar de loca
que enerva como flor emponzoñada;
o con la niña de pupilas hondas
-luz hecha carne, ¡floración del cielo!...-,
que al viento esparce las guedejas blondas
y es la carnal animación del hielo;
con la rubia de cutis perla y grana,
semítica nariz y azul ojera,
que parece, al través de su ventana,
casta virgen de gótica vidriera...
*
Esas aves me inquietan: en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días.
Símbolo fiel de artísticas locuras,
arrastrarán mi sueño eternamente
con sus remos que azotan las alturas,
con sus ojos que buscan el Oriente.
Ellas, como la tribu desolada
que boga hacia el país de la Quimera,
atraviesan en mística bandada
en busca de amorosa Primavera:
y no ven cual los pálidos cantores
-más allá de los agrios arenales-,
gélidos musgos en lugar de flores
y en vez de Abril, las noches invernales.
Encarnecida raza de proscritos,
la sien quemada por divino sello;
náufragos que perecen dando gritos
entre faros de fúlgido destello.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Si pudiesen, asidos de tu manto,
ir, en las torres a labrar el nido;
si curase la llaga de su canto
el pensamiento de futuro olvido;
¡ah!, si supiese que el soñado verso,
el verso de oro que les dé la palma
y conquiste, vibrando, el universo,
¡oculto muere sin salir del alma!
Cantar, soñar..., conmovedor delirio,
deleite para el vulgo; amargas penas
a que nadie responde; atroz martirio
de Petronio cortándose las venas...
¡Oh poetas! Enfermos escultores
que hacen la forma con esmero pulcro,
¡y consumen los prístinos albores
cincelando su lóbrego sepulcro!
Aves que arrebatáis mi pensamiento
al limbo de las formas; divo soplo
traiga desde vosotras manso viento
a consagrar los filos de mi escoplo:
amo los vates de felina zarpa
que acendran en sus filos amargura
y lívido corcel, mueven el arpa,
a la histérica voz de su locura
Dadme el verso pulido en alabastro,
que, rígido y exangüe, como el ciego
mire sin ojos para ver: un astro
de blanda luz cual cinerario fuego
¡Busco las rimas en dorada lluvia;
chispa, fuentes, cascada, lagos, ola!
¡Quiero el soneto cual león de Nubia:
de ancha cabeza y resonante cola!
*
Como el oso nostálgico y ceñudo,
de ojos dolientes y velludas garras,
que mira sin cesar el techo mudo
entre la cárcel de redondas barras,
esperando que salte la techumbre
y luz del cielo su pestaña toque;
con el delirio de subir la cumbre
o de flotar en el nevado bloque:
del fondo de mi lóbrega morada,
coronado de eneldo soporoso,
turbia la vista, en el azul clavada,
alimento mis sueños, como el oso;
y digo al veros de mi reja inmota
pájaros pensativos de albas penas:
quién pudiera volar a donde brota
la savia de tus mármoles. Atenas.
*
De cigüeñas la tímida bandada,
despegando las alas blandamente,
voló desde la torre abandonada
a la luz del crepúsculo creciente,
y saludó con triste algarabía
el perezoso despertar del día;
y al esfumarse en el confín del cielo,
palideció la bóveda sombría
con la blanca fatiga de su vuelo...
Guillermo Valencia
- Bibliografía de Guillermo Valencia
Catay, Bogotá, 1929. Obra poética completa, Madrid, 1948. Poesías, Bogotá, 1898. Ritos, Londres, 1914. Sus mejores poemas, Madrid, 1926
- Bibliografía sobre Guillermo Valencia
Alfredo Duarte French: Guillermo Valencia, Bogotá, 1973. Baldomero Sanín Cano: Guillermo Valencia, en El oficio de lector, Caracas, 1977. Benigno Acosta Polo: La poesía de Guillermo Valencia, Barranquilla, 1965. Hernán Torres: Estudios sobre Guillermo Valencia, Cali, 1976. J.G. Cobo Borda: Guillermo Valencia: tres imágenes, en Historia de la poesía colombiana, Bogotá, 2003. María Mercedes Carranza: Valencia y el modernismo, en Estravagario, nº 9, Cali, Marzo 23, 1975. Sonja Karsen: Guillermo Valencia, Colombian Poet, New York, 1951.